De ojos vacíos

Él llegó en silencio. Se posó sobre la barra, miraba el salón. La chica detrás de la cafetera se fijó en él y fue a atenderlo. Su pelo no lucía ningún peinado que lo caracterizara, pero no daba la impresión de desarreglado. Vestía ropa oscura, de algún color impreciso pero opaco. Esa chica esperó a que pidiera ser atendido pero él le seguía dando la espalda. Algo de vello se veía por debajo de su rostro. Tenía un dejo de impertinencia su postura, apoyaba los codos sobre la barra aunque parecía una posición incómoda. No se sentaba en las banquetas, esperaba de pie. Su vista abarcaba fácilmente el amplio salón. Algo de cómo sostenía su cabeza en alto daba la idea de que estuviera decidiendo algo, o de que lo hubiera decidido ya, y que involucrara el salón. Tal vez esperaba ser reconocido por alguno de los comensales, pero nadie se fijaba en él salvo algún fugaz vistazo, como de quien repasa el escenario y él era parte de ese escenario.
—Buenas noches ¿desea tomar algo?
Él respondió al estímulo de ese llamado de atención volteándose lentamente. Sostenía en su cara una relajada sonrisa. La acentuó un poco más y fue con eso que la chica pudo precisar qué le generaba ese repentino miedo. No era la sonrisa, que por sí misma podía transmitir calma. Pero al moverse los músculos en su cara se hacía patente la ausencia, casi como si te quitaran el aire, de brillo en esos inexpresivos ojos. La muchacha resistió un escalofrío y devolvió la sonrisa. De a momentos ella desviaba su atención mientras esperaba alguna respuesta para no delatar la inspección que realizaba a esos ojos que sin el menor cuidado la miraban fijo. El iris era marrón oscuro, las pupilas se cerraban naturalmente bajo la luz de las dicroicas pero había que fijarse atentamente en ello para no tener la impresión de que sus ojos estaban dilatados en exceso.
—Solamente estoy de visita ¿Vos deseas tomar algo conmigo?
Entre presa de un extraño mesmerismo y víctima de una profunda perturbación, sintió la necesidad de responder con voz alzada y firme que no. Logró controlarse aunque su garganta emitió un casi imperceptible gruñido. Un mozo vino a pasarle un pedido y la liberó del embrujo pero ese visitante seguía fijando su vacua mirada en ella. Podía sentirlo aún dándole la espalda y deseaba profundamente que el encargado de salón le pidiera que se marchara. Casi sin mediar un instante, el encargado vino del depósito y se dirigió al muchacho.
—Señor, si no va a ordenar nada le voy a tener que pedir que se retire.
La sensación de éxito que tuvo la muchacha al cumplirse su anhelo concluyó abruptamente al ser arrastrada por un irrefrenable impulso y decir:
—No te preocupes, Hernán, está de visita.
Con la pasión de una máquina, el encargado se dio vuelta y marchó de regreso a sus actividades. La joven no podía dar crédito a lo que acababa de pasar. La respiración se le tornó dificultosa, el aire parecía denso, su cuerpo pesado y su corazón trabajaba el doble. La iluminación del salón parecía haberse atenuado, buscó por todos lados algo que la sacara de ese estado, continuaba conservando la compostura pero no sabía por cuanto. Al volver a fijarse en el visitante, este ya no la miraba, nuevamente observaba el salón, nuevamente el perfil le ocultaba la mirada opaca. La atmósfera se descomprimió en ese instante. Un mozo le pedía que preparara el café y empezaba a perder a paciencia. Se puso a trabajar ella, sabiendo que ese visitante no esperaba ser atendido, que no había nada que hacer. El miedo que le provocara unos momentos antes ya no estaba. Tal vez lo que antes parecía una amenaza ya no le preocupaba o tal vez alguna inconsciente certeza de que no había amenaza alguna se había colado en ella.
Observó ella la secuencia que comenzó en ese momento en que el muchacho se apartó de la barra y caminó implacable entre las mesas. Se detuvo junto a un grupo de comensales que reían sin que nadie se fijara en él. Bajó la mirada a uno de ellos, el que se ubicaba justo a su lado, la chica desde la barra veía la espalda de ambos y al visitante cruzar con su mano la espalda y posarla en su hombro. El hombre, de ancha espalda y pelo castaño, se inclinó hacia el frente y agachó la cabeza. Las risas menguaron, la fugaz preocupación que las desplazó rápidamente se convirtió en alarma cuando la muerte del hombre fue indudable. El visitante se marchaba en ese momento, una mano alzada en el aire, como saludando, o como apoyándola en la espalda de alguien.

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