La Historia de la Capucha

Allí donde no habían colores, una mujer fue encomendada una tarea. Por allí una joven madre instruía y advertía a aquella mujer, que en estos días en nuestros pagos diríamos niña. Allá donde hay colinas y praderas y se dispersan y concentran árboles por doquier, una señora estaba enferma. Informada, la niña recibió de su madre un canasto con alimentos que debía entregar a aquella señora. La madre volvió a sus muchas tareas hogareñas y la niña salió de la habitación, por la ventana podía ver el viento arrancando briznas de pasto, junto a la puerta había una larga capa colgada de un gancho. El viento volaba los pelos que ella pronto cubrió, gracias dio que la tela fuera gruesa y cubriera del frío.
Miró al frente su largo camino, encontró la pendiente ascendiente sobre la que avanzaba el sendero asfaltado. Sin embargo, a un lado sin que la tierra se alzara, divisaba los primeros árboles de un denso bosque y sabía perfectamente que por allí rodearía la pronunciada colina. El viento fresco de otoño pronto calaría el abrigo y aquellos árboles la cubrirían bien. Solo podía contar los riesgos que mencionara su madre y no le preocupaban lo suficiente. Dentro de los bosques hay vida y ella bien lo entendía.
Pasó un árbol a su lado, pasó otro árbol a su lado, pasó un algo entre dos árboles y ella apretó el paso. La canasta pesaba y era incómoda y aquel movimiento le incomodo un poco, pero no se iba a permitir preocupar. La silueta se adelantó algunos árboles y la niña vio que era alta, delgada, algo curvada. Algo le divirtió de ver esa cosa moverse en esa forma y aminoró el paso. Irguió su cuerpo y levantó un poco la cabeza como viendo las copas de los árboles que ya perdían hojas pero mantenían algún verdor. De reojo, vio dos destellos aferrados a un tronco de un lado suyo y se supo observada, y le gustó.
Pronto había cruzado el bosque y los árboles quedaban atrás y era sólo cuestión de minutos para llegar a casa de la madre de su madre. Miró atrás con disimulo y los regulares árboles delataban algo oculto entre ellos. Una risita arrastro el viento. El sol llegaba a su cénit y a tiempo golpeo la niña la puerta de su abuela. La madera crujió y una anciana con barbijo la miraba con ojos apagados. No habrían muchas palabras que cruzar, poco agradaba avistar a su nieta a esa mujer, le mantenía despierta la peor de las memorias. Sólo por cortesía invitó a la niña con una taza de té que sólo por cortesía la niña aceptó. Mientras casualmente pasaba por la casa de la joven madre un hombre corpulento y juntos entablaban conversación. Y casualmente esa joven madre preguntaba por su hija y el hombre informaba no haberla visto en el camino de la colina.
La niña partió de regreso a su casa con las advertencias de su abuela, que eran las mismas que le diera su madre horas antes pero mucho más enfáticas. Alejándose volvió a cubrir su cabeza y se apoyó la fría palma en la cara, todos sus gestos estaban tensos. Así caminó acercándose al bosque, tratando de librarse de los sentimientos que despertaba su abuela, cuando las sombras la cubrieron y levantó la vista. Había cruzado el umbral de árboles y ante ella estaba la criatura que la siguiera, perpleja de alguna forma sin saber a dónde correr.
La chica sonrió y caminó con suavidad junto a la criatura peluda que daba pasos inseguros a los costados y la dejaba pasar. Ella saludó muy cortésmente y una voz ronca y profunda, vibrante que denotaba confusión, devolvía el saludo. Era una figura alta, desnuda, con extremidades largas y un ancho torso. Esos brazos y esas piernas terminaban en largas garras, que se retraían tímidamente por detrás del cuerpo. Ella hablaba con ternura, divirtiéndose mucho con las respuestas que recibía de ese extraño habitante del bosque. Le daban gracia los gestos que hacía con el rostro peludo, grande y  abriendo poco la boca para no dejar ver sus agudos dientes. Los ojos eran grandes y débiles, las pupilas oscuras y profundas. Pero los pasos que se oyeron no eran de la bestia y la niña, que comenzaba a sentir algo más que diversión, sintió miedo. Un doliente gemido cruzó la garganta de la bestia, la chica se dio vuelta y miró detrás.
Pisadas rápidas y fuertes llevaron a ellos un hombre de brazos y piernas musculosas, en sus manos el hacha grande de su profesión, en sus ojos pura malicia. La chica comenzó a mover inconscientemente la cabeza de lado a lado, movimiento que adquirió frenetismo a la vez que se ponía frente a la bestia en un absurdo, inútil, afán de bloquearle el paso al leñador. La criatura se encogía mientras gemía angustiosamente, gemido que se sostuvo largo rato semejando pronto un aullido en el momento en que el hombre volvió a avanzar asiendo el hacha con una perversa sonrisa en el rostro cuadrado y duro.
El aullido se rompió en un salvaje gruñido. Dos filos cortaron el aire y se encontraron justo sobre la capucha de la chica que se cubría la cabeza y se apartaba de en medio. Vió ella cómo la bestia sostenía con sus zarpas el mango del hacha que el leñador había intentado asestarle. Una patada de esas fuertes piernas tiró al suelo a la bestia que, veloz, tomó distancia y arremetió contra esa corpulencia enemiga. Pero el hombre no se dio por enterado y, sólo abriendo su brazo, lanzó por el aire al monstruo que cayó lejos. Éste se levantó nuevamente y corrió al ras del suelo hasta perderse de vista antes que el hombre lo alcanzara. El hombre regresó, tomó por el cuello de las ropas a la niña y la levantó del suelo y así la llevó hasta su casa.
La arrastró todo el camino, ella estaba conmocionada, mientras le repetía una y otra vez cuánto ella había preocupado a su madre. Había una satisfacción en esa voz y la chica se debatía entre el miedo y el odio, en ese momento sintiendo ambos como jamás lo había hecho. Una vez en la casa el leñador golpeo la puerta y no tuvieron que esperar, la madre estaba justo detrás esperando y abrió. Los gritos agudos discurrieron a través de los minutos desde una impotencia proveniente de lo más profundo de su pecho. Y el leñador no se iba y no se fue hasta que terminó la reprimenda.
Nunca más la niña podría dirigirle a su joven madre la palabra y visitaría a su abuela con más gusto tomando seriamente sus palabras. La joven mujer solicitaría al leñador que custodiara a la niña cuando andaba fuera de casa. Desde aquel episodio, la niña llevaría siempre sobre sus hombros aquella capa roja y llevaría siempre sobre su cabeza aquella capucha roja y todos en el pueblo la conocerían como la niña de la caperuza roja


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