Castillo de arenisca

Afuera, el aire frota todas las superficies con fuerza. En el cielo no hay una nube que se delinee en el agudo azul. Los dedos abrasadores del sol parecen descender hasta jugar con la arena, indiferentes al viento. Una alta túnica envuelve los pasos de un ser que no deja huellas en el desierto. La capucha cuelga tras de sí, expone un rostro despejado, un semblante solemne.
Afuera, el viento es silencioso, el aire se desplaza con fuerza, con velocidad, implacable, pero silencioso. La construcción a la que entra el ente envuelto en negras fibras se alza de la propia materia que compone los cimientos del desierto. Como una continuación del suelo, algunas almenas en lo alto, en cada rincon torres más algunas alzandose por sobre la propia cúpula. Pero nada discernible en la distancia, indistinguible del arenoso horizonte.
El individuo siente sobre sí el aire cargado y vibrante mientras recorre pasillos absurdos, interiores tubulares, corredores sin ángulos ni aristas. El suelo continúa en paredes que se encuentran en el techo. De las paredes salen y a los suelos penetran gruesas mangas de caucho, vainas que recubren extensas trenzas de cobre que se ocultan dentro de la construcción y perturban nuevamente los corredores.
Se suceden habitaciones con la misma lógica de material arenoso y continuo, sin amueblado o decorado alguno exceptuando los gigantescos discos herrumbrosos que muestran sus dientes asomar y hundirse en las paredes. Esta persona no se detiene a observar y continua su marcha.
Finalmente llega él, cuyos brazos se entrelazan por dentro de las mangas, por delante de sí. Llega a una habitación, esta sí con suelo distinto de paredes distinto de techo. Pero el suelo se ve interrumpido al llegar al centro de la habitación, donde un inmenso abismo hunde el piso fuera del alcance del ojo más agudo. En ese borde se detiene el hombre y observa, del otro lado del abismo, un cuerpo desnudo de brazos y piernas extendidos fijo a la pared que cae sin límite por unas gruesas cadenas en muñecas y tobillos.
La cabeza que cae aparentemente inerte sobre el tórax se alza con firmeza, ambas presencias se reconocen y el cautivo habla. Nuevamente en este castillo, no le asombra en lo más mínimo. El visitante lo observa callado y el chico encadenado se sacude, los eslabones restallan por sobre el tronar de cada paso de los engranes. Cuando finalmente habla no parece realizar esfuerzo alguno pero su voz se impone por sobre toda otra vibración.
"Nuevamente en este castillo. Pero esta vez no habrán hadas u ondinas que te visiten. Alguna vez te libraste y anduviste a tus anchas por el mundo. Bosques se han podrido a tu paso, campos se han vuelto cenizas. Abusaste de él y ya no volverás a librarte." El joven cautivo gestiualiza en su rostro dolor o furia, no puede precisarse. "Tal vez tuviste en su momento la equivocada idea de que este castillo había sido construído para retenerte, de que sus engranajes tronaban para sujetarte en tu sitio. Qué equivocado ¿Comprendés la naturaleza del cable que penetra en tu espalda?" El chico se retuerce, tras su torzo se ve esa vaina oscura acompañando sus movimientos. "Joven, no esperes la visita de nadie más que de nosotros. No tememos tu imposible fuga, disponemos de la certeza de tal imposibilidad. No poseés la capacidad requerida para tal hazaña. Tu absoluta existencia es la razón de que truenen estos absurdos mecanismos. Vos te estás dispersando en el éter en forma de pérdida eléctrica a través de este pesado cableado que absorven de tu cuerpo y nada alimentan. Este castillo no te contiene, este castillo te representa. Este castillo sin sentido es todo lo que jamás serás. Nosotros somos el testimonio de ello."
El hombre da su espalda al chico y se marcha. El joven, con el rostro fruncido de consternación se dirige a la calva nuca que puede ver:
"No te recuerdo pero tu cara me es vagamente familiar ¿A quién conocí yo antes? ¿Era tu padre? ¿O acaso tu abuelo?"
El ceño del visitante se retuerce, su labio superior se eleva en el gesto que arruga el tabique de la nariz. Pero el furibundo fuego de sus ojos no logra ocultar el pavor que habita en lo profundo. El joven no puede ver nada de todo esto pero lo imagina. Y sonríe.

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