3- por dónde andan las moscas?

- ¡¿Cómo que tenemos que volver?! -grita Sebastián incapaz de procesar lo que ese hombre de acero les comunica.
- Ocurrió algo que no era mi intención en mi última visita -explica ese hombre-. Tal vez recuerden...
- No -interrumpe Damián incrédulo-, vos no podés ser... ¡Ese monstruo debía de medir veinte metros!
- Tal vez haga falta que me acompañen -concluye.
Todos se echaron hacia atrás, Rodrigo se levantó del suelo y se tambaleo buscando alejarse. Le protestaron, todos gritando sin orden ni concierto. Se les cruzaba por la cabeza la imagen de aquella inmensa silueta atrapada por un látigo en llamas. El mismo látigo estaba ahora enrollado en una de las manos de metal pero fue la mano libre la que se alzó. El movimiento no era acompañado por su cabeza sin ojos ni cuencas, la palma pasó frente a todos ellos que seguían trastabillando buscando huirle. Los muchachos querían darse la vuelta y huir pero temían quitarle la vista de encima al hombre que hacía esos movimientos suaves y firmes con la mano. Pero no hacía falta que se movieran más, la brusca mañana se apagaba desde detrás de ellos y solo se veía el hombre de metal recortado contra el sol naranja que avanzó un paso y se reunión con ellos entre las sombras.
El paisaje de campos descompuestos iluminados por el prematuro amanecer desapareció. Ya asumían estar perdidos, convencidos de que los había tragado la nada. Todo era negro alrededor, no había una luz y, sin embargo, podían verse entre sí. Sus ropas sucias y sus facciones tenían algún brillo opaco, o de alguna forma sus ojos se encontraban con total claridad. El cuerpo plateado se acercó y habló sin separar sus dientes como hacía, solo vibrando su estructura metálica.
- Bienvenidos. Pronto su vista se acostumbrará a la penumbra. No se asusten al ver los pensamientos. Son inofensivos a su materia.
Ninguno pudo entender de qué hablaba. Y siguió hablando, diciendo que a este lugar, al cual se refería como región, le llegaban los pensamientos y deseos de todas las personas del mundo. Entonces los ojos de los muchachos se afinaron y empezaron a ver cómo se formaban en medio del ambiente unos arcos que parecían llamas. Sintieron un cosquilleo bajo la piel y notaron algo en el cuero cabelludo. Vieron en los demás cómo se les erizaban los pelos. Pero eran las voces y las imágenes que se les presentaban en la mente las cosas que más les alarmaban. Les llegaban sensaciones de angustia por encima de cualquier otra y entonces pudieron comprender lo que el hombre de metal les decía: experimentaban los pensamientos de otra gente.

Se cancela la función
lamento al que haya disfrutado la lectura
Me dispongo a dar rienda a mi mente errática,
ya no hagas caso.

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