La muerte de la palabra

La palabra ha muerto, nosotros la hemos matado.

Vivimos. Vagamente somos conscientes de que vivimos. Discutimos qué hace a la vida ser tal, discutimos cuál forma de vivir es la correcta. Disertamos, filosofamos, gracias. Peleamos, enfrentamos, odiamos, basta.
Nos alzamos, no de entre las cenizas, de entre los escombros de la destrucción pater-mater-nal; aquel impacto, derecho de sangre, de nacimiento. De aquella accidental formación del capricho reproductivo celular, de aquella zambullida al charco pútrido del lenguaje y las imágenes, redundancia de significados; nos encontramos con un mundo que nos niega, que nos anula, que nos contradice y aún no sabemos nuestra propia palabra.
De la multiplicación celular a la nulificación nominal y luego a resurgir.
Por negación de la conciencia o negación de la otredad, nos alzamos. Por entre los cascotes de los muros asomamos aún con la ilusión de un muro para protegernos. Quien mantenga la duda se arrastra por debajo de los despojos barriendo el polvo y elude la luz infecciosa de los reflectores. Quien mantenga la duda, bordea la mirada del abismo y siente el tirón fuerte de las negaciones de aquella accidental formación. Quizás sepamos de él o de ella en un futuro, quizás no y ya haya caído en la insalvable cordura.
Así pues decía, nos alzamos y nos entregamos al cadáver divino, el verbo sustantivizado. Inevitablemente nuestro discurso integra la realidad atemporal del verbo asesinado vuelto sustantivo. La vorágine de las relaciones sociales nos fuerza a agilizar nuestros movimientos y aggiornarnos. Día a día, nuestros pares se nos presentan imponentes, innegables e incomprensibles. La demanda de agilización fuerza a saltar pasos para producir conclusiones efectivas a tiempo y no ser eyectado de la corriente. El sustantivo en tanto tal implica una pausa procesal inadmisible pues exige aprehender sus diversas implicancias o cualidades. El sustantivo en tanto tal muere.
Nos erguimos entre las masas amorfas de carne que nos rodean, con palabras largas y afiladas en nuestras manos que blandemos ciegamente a diestra y siniestra para poder cazar una bocanada de aire deficiente. Las palabras en nuestras manos cortan la carne con la sentencia de los adjetivos, una hoja hueca de significado, adjetivos sin sustantivos, sustantivos sin verbo. Rezumamos palabras que no son tales, nos hincamos de rodillas ante el verbo-sustantivo adjetivizado, el demónico cadáver de los gusanos que se hacían un festín aquella vez.
Carentes de verbo, no percibimos. Carentes de sustantivo, no nos detenemos a pensar. Abundantes de adjetivos, cualificamos todo a nuestro alrededor, definimos al futuro y distorsionamos el pasado. Nos empoderamos en el mundo ejerciendo definiciones sobre el mismo a mazazos de palabras. Con cada arremetida, resuena el interior hueco de cada palabrazo. Cada instante se oye la vibración incapaz de detenerse, nutrida en la oleada del siguiente impacto. Nuestros oídos retumban con el zumbido inexorable del vacío en cada concepción.
Mientras tanto, quienes mantuvieran la duda y sobrevivieran al abismo, tal vez retornan sin que lo sepamos y observan el tejido actual de la realidad colectiva, tal vez descubren las fallas y son capaces de enmendar a puntadas o parchazos, pero solo tienen palabras en sus manos que ya empiezan a apestar a muerte.

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