Cosas que te puedo decir

Hay alguien mirando por la ventana. Mira con miedo ¿Qué quiere? No tiene miedo de que lo descubra, ya sabe que lo descubrí. No es una amenaza, al menos no lo siento como una amenaza. Sé que está ahí mirando y que no hace otra cosa. Pero tengo la fuerte sensación de que espera algo. No me molestaría si estuviera esperando que pase algo, no me molestaría que esperase verme tropezar o humillarme de alguna manera. Lo que me molesta es que no parece esperar nada de eso, parece esperar que yo haga algo. Es igual a mí, innegablemente soy yo en un futuro. Y si digo que él tiene el miedo reflejado en la cara debería decir que a mí se me reflejará el miedo en la cara ¿Pero por qué? ¿Qué teme?
No es la primera noche que me mira por la ventana, por eso puedo hacer todas estas observaciones. Pero es verdad que no me asusto, esa familiaridad en sus rasgos lo hace imposible ¿Cómo puedo asustarme de mí mismo? No me asuste la primera vez y la verdad es que solamente con el paso de las noches me ha puesto cada día más nervioso esa sensación de que espera de mí que haga algo. Pero ya me acostumbro y me puedo dormir, tal vez con incomodidad, pero ya mis ojos se cierran. Sé que estás ahí, pero voy a dormir igual. No sé qué querés de mí, pero voy a dormir.


Esta mañana, igual que todas las mañanas que suceden a esas noches, no está ahí. No hay nadie como si nadie hubiera habido y me levanto un poco a la fuerza. Es difícil dejar la cama y es ahí, hundido en el colchón, donde se sopesan los absurdos de vivir en la cama o ir de un lado a otro del mundo haciendo cosas sin propósito. Si hubiera que ilustrar la balanza, se vería por momentos inclinada de un lado y por momentos inclinada del otro, la única forma de verla equilibrada es sacando promedio. Por eso hay que obligarse a levantarse en el momento en que la balanza está a favor de salir de la cama. Algunos hacen lo contrario, se obligan a no quedarse en la cama ¿Cómo lo puedo decir? Esos se dicen algo como: “Oh que ganas de seguir durmiendo pero no, debo levantarme, es mi responsabilidad”.
En fin, ya estoy con la bombilla en la boca. A veces es al pedo escaparle a la balanza del absurdo, estoy tratando de elegir qué desayunar y, en vez de venirme antojo a algo, me viene la imagen de la balanza y la sensación de que es un asunto inconcluso. Casi me cuelgo de la puerta de la heladera que no sé para qué abrí si no quiero nada frío. No me tengo que colgar de la puerta, la voy a hacer mierda, pero me pesa la bronca de que se me cierre el estómago por una cuestión tan pelotuda como todavía creer que vale más meterme en la cama ¿Cómo hace uno para sacarse la modorra del cuerpo?
Un poco de música en la computadora del comedor me levantó el ánimo y ya puedo ir a trabajar con menos pesar. Diario “El Sol”, es lo lindo de ser quien escribe, podés dártela de que pegaste cualquier laburo. Acá resulta que estoy trabajando en un diario, no me voy a mandar la parte así que nomás ayudo buscando alguna información menor, ordenando papeles y sirviendo cafe a quien lo demande o cebando mate al que se cope. Bueno, ponganle que es así, entonces resulta que, obvio, voy en bicicleta, molesto un poco en el pasillo de entrada y ya después hay una puerta por la que puedo llevar la bici a donde a nadie le joda.
Heme allí, luego de servir los cafese que me piden sin un poquito de cordialidad, allí estoy cebando a mis anchas con un par de flacos que llevan laburando en el diario unas semanas más que yo. Estamos en la planta baja, en un cuarto al fondo del pasillo desde el cual se puede ver la entrada de vidrio, la calle. Socializar no es lo mío pero hago mi mejor esfuerzo siempre y logro mínimamente figurar. Pues heme aquí, ya que ustedes ya se ubicaron, heme aquí oyéndolos a estos, guardándome los posibles bocados que pueda meter en la conversación y asintiendo o apoyando a quienes hablan por mí.
Ya esto no me había pasado nunca y no lo puedo creer. Se suele ver mucha gente pasar frente a la puerta, muchas madres y / o padres con sus hijos. Pero nunca un hijo que se quedara viendo adentro. Lo noto ahora que la recepcionista, señora adorable, se molesta en acercarse al nene, es evidente que la pudrió que no se moviera de la puerta. No se me hubiera ocurrido fijarme en él, pero ya que lo vi no puedo apartar mi vista de él y todavía tampoco puedo creerlo.
Admito que se me endurecieron los músculos de la cara, creo que me anticipo a cualquier gesto, no quiero llamarle la atención a nadie. Se me cierra la garganta, tengo que cambiar de postura casualmente, que nadie me pregunte nada ¿Qué carajo les puedo contestar? No me preocupa que lo vean, no se darían cuenta, no se les ocurriría. Trato de recuperar el hilo de la conversación, laburo cuyo único propósito es encontrar la fórmula más cordial para salirme de acá y tal vez encajarle amablemente el termo a otro. No me sale la voz a la primera pero soy medio fantasmita y nadie nota mis esfuerzos por hablar.
Le pregunto a la recepcionista si lo hizo pasar, aunque sé que no. Le pregunto si sabe qué quiere aunque sé. Ella me dice que todo lo que hizo el nene fue pasear sus ojitos oscuros por todo el interior y hacerle caras a ella sin contestarle a nada. Entonces me atrevo, ella no se imagina la valentía de que tuve que hacer acopio para golpear con los dedos el vidrio. El nene me mira, los mismos ojos. Mis largos pelos secos y oscuros cayendo a los lados de mi cara, sus pelos lisos y brillantes cayendo alrededor de su cabecita ¿Cómo carajo hago para hablar y que no se me escapen las lagrimas o se me atraganten las palabras?
“Hey” no es lo más inteligente ni criollo que se le puede decir a un niño pero no va a juzgar. En este caso creo que sí va a juzgar y su juicio me pesa tanto y es una porción de lo que se me cruza en la garganta. Que la recepcionista vuelva a lo suyo y me llame si necesitan algo, no es el mejor comportamiento que puedo mostrar en el laburo pero a este pibe eso es lo que menos le puede llegar a importar. No dejo de pensar que vino muy chiquito y me pregunto si él mismo tiene la menor idea de ante quién está.
Me contesta que no soy un adulto más para él pero tampoco soy el adulto que él estaba buscando. No sabe explicarme qué tipo de adulto buscaba, alguien como papá me dice, pero lo dice sin mucha convicción ¿Es así? No lo sabe, no está seguro. ¿Qué tipo de adulto diría él que es su padre? No me dice, no sabe decirme ¿Lo puedo tocar? ¿Lo puedo tratar con el cariño con que se trata a cualquier niño? Me atrevo, no puedo perder una oportunidad como esta. Le apoyo la mano en la cabeza, toda la palma, muevo los dedos entre los pelos y recuerdo lo lindas que son esas caricias en el cuero cabelludo. Abro los ojos y veo que él también los cerró.
¿Por qué estás tan triste? ¿Seguro que sos vos? Me pregunta todo eso y lo siento tan cruel. Si quisiera ser cruel le diría que no va a encontrar a otro. Solamente puedo contraer los labios y alzar las cejas. La resignación es la continuación de La impotencia. Cuando algo de todo eso sea libro voy a ser la persona que este pendejito atrevido esperaba encontrarse. Se sorprendería igualmente ¿Escritor? Que sí, niñaco, que sí. Ni muy bueno ni muy malo, un escritor que la gente lee en la comodidad de sus casas o relee de dorapa en el bondi. Ja ja, lo hice reír. No entiendo cómo lo hice reír, con qué lo hice reír ¿Cambiaron las cosas o es que tampoco sé qué me hace reír hoy por hoy? Sé que no estoy en condiciones de responder esa pregunta.
Le muestro la mano para despedirlo, porque siento la mirada taladrante de la vieja arpía que se la da de linda en la entrada. Él mira mi mano y tarda en reaccionar y lo último que va a hacer obvio es lo que se espera de él. Cruza los dedos de sus manos y extiende las palmas hacia mí ¿Por qué tanta crueldad? La vieja está mirando pero esas cosas no valen para este crío. Hago lo propio y comenzamos:
Su su su de la juventú
Te regalará
Una pesi pesi pesi
Una cola cola cola
Una pe si co
CULAZO
No fue divertido pero alcanza para que se vaya contento. No fue divertido, fue cruel. Mi cadera es dos veces lo que es su torso. El final del juego fue él pegándome un caderazo con toda sus fuerzas y yo tratando de acercar mi cadera para que él no se vaya al piso y tratando de no empujarlo para que no se caiga del otro lado. Si ibas a venir ¿por qué te viniste tan chico? ¿Por qué no doce o trece años?

Cuestión que después de todo nada es más lindo que volver a casa, por muy vacía que esté. Menos mal que el pendejito no hace igual que el pelotudo que apuesto lo que quieran a que se aparece en la ventana esta noche. Supongo que tampoco seré el único que lo vea a él ¿Por qué no se da alguien una vuelta por el frente de mi casa? Mi casa ¿Qué más espera de mí ese hijo de puta? ¿No ve que es mí casa a donde viene a verme? No puede haber nada de malo en la casa que me conseguí, la hice bien, la compré sin alquilar una mierda, es chiquita pero se vive bárbaro solo, tiene espacio para no tropezarnos si invito una mina y es acojedora para invitar un par de amigos a tomar cerveza. Pero va a estar ahí con esa cara de ¿Y, por qué tardás?
Helo allí, heme aquí. Le devuelvo la mirada sentado en el borde de la cama. Asoma la cabeza como siempre, se agacha en la ventana y mira hacia arriba. Es ridículo, no reacciona, es patético. Se tira ahí y mira nada más. Me acerco a la ventana y no se aleja él. La ventana se desliza hacia un lado y yo me agacho para verlo a la misma altura, él solamente me sigue con la mirada. Que vino la infancia le digo. Al fin me contesta.
Al fin me dice el hijo de puta y se relaja. Se levanta y sale del frente de mi casa. Guarda las manos en los bolsillos del pantalon y alza un hombro sobre el que frota la cabeza. Se ve que se siente bien, se siente bien el forro. Yo acá, en cuclillas junto a la ventana. No, yo del lado de adentro. Sorpresa, desesperación, ansiedad, balanceando los absurdos de tener la boca abierta o molestarme en encausar mi confusión y ordenarle a la boca que se cierre. Seguramente, entre que cuesta y lo intento, parezco balbucear. Y a todo esto, él desapareció detrás de la medianera de otra casa. Se fue.

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