Intruso de Diciembre ('08)

Una oscura puerta de roble es abierta por una enguantada mano blanca. La mano desaparece y asoma, a mitad de la altura del marco de la puerta, un enorme bulto rojo. Al entrar se puede apreciar esa figura redonda contorneada de blanco. Un manto de espeso blanco descansa sobre su prominente pecho. Grandes botas negras silencian la crujiente madera del suelo.
En el silencio de la noche nada se oye excepto una respiración forzada. Una enorme bolsa cuelga sobre su espalda, cerrada con una cuerda gruesa de oro. El hombre, de pálida cara oculta tras una mata de blanco pelo, descuelga la bolsa y toma un papel enrollado que se encuentra atado a la cuerda de oro.
Se pone unos pequeños lentes que lleva colgados en su traje y desenrolla el papel. Confirma que el dueño de la casa paga la cuota anual y abre la bolsa, del mismo material de su abrigo. Saca de la bolsa paquetes y bolsas, algunas simulando pertenecer a empresas muy importantes. Deja todo bajo un árbol bellamente adornado y se dispone a ir. 
Pero ésta es la última casa de su recorrido y, como muchos años ocurre, ésta se encuentra en una zona calurosa del planeta. Como todos los años, él se sofoca en medio del pesado aire. Su discreción se ve arruinada por su difícil respiración. Un nene se levanta de la cama y el sonido hace cosquillas en sus oídos. Va a la sala de donde proviene el sonido y descubre al intruso. 
Vencido, el intruso muere. Mientras el brillo en los ojos del niño se apaga. La mayor de las mugres corroe al más puro corazón. Con la caída de un símbolo, la desesperanza nace y será deber del niño luchar contra ella. El año que viene, cerca de estas festividades, resurgirá, en el extremo ensombrecido del eje terrestre, este simpático ser con su eterna labor de repartir alegría. Este año, un niño empieza a ver el mundo con ojos opacos. Este año, este nene dejó de creer en Papá Noel.

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