Independencia

Volver a casa del trabajo es… supongo que el viaje en colectivo, el paseo por calles memorizadas pero siempre ajenas. Yo eso lo cuento más bien como parte del trabajo. Así pues, volver del trabajo es caminar una cuadrita hasta la puerta de chapa, meter la llave que todos tienen y entrar en este pasillo gastado y caminarlo. Siempre hay algo que caminar. El bondi nunca te va a dejar en la puerta de tu casa. Bueno, “tu” casa, así encomillado si no encontraste la forma de comprarla. Quizás sea demasiado pedir a un pibe que recién empieza a trabajar que sea dueño de su hogar. Sería demasiado pedir para cualquiera que me vea, tan simplón, manteniéndome desalineado a diario, siempre la misma ropa de hace diez años, el pelo sin ningún estilo, tan formal como informal. Cualquiera al verme dirá “y qué le vas a pedir” pero si supieran mi edad, solamente los viejos decrépitos sentirían el derecho a llamarme “pibe”.
¿Importa cuál es mi trabajo? Volver a casa es abrir esa puerta de chapa, que con una patada se abolla y con otra se viene abajo, y caminar ese pasillo sin techo. Las paredes con la poca pintura que les queda sucia, con el revoque caído. Es pasar frente a tres puertas, porque yo alquile al fondo, lejos del barullo de la calle. A parte de la mía, hay una sola puerta tal y como lo fue cuando levantaron estas paredes, ambas de una madera delgada y gastada, hinchada por la humedad. Las otras dos las cambiaron por puertas a elección de los inquilinos, habrán querido darle un toque personal, lo único que lograron fue que desentonaran del resto de la mugre del pasillo. Oí que el propietario se guarda las puertas para volver a ponerlas cuando se vayan estos inquilinos.
Volver a casa es abrir la puerta de chapa, cruzar el pasillo y oír el griterío de las familias. Creo que dos son matrimonios y otra son unos novios, llegaron hace poco una mañana, yo estaba en el laburo. Es cruzar ese barullo con el que yo no contaba al elegir la casa del fondo y abrir esa puerta que no se deja pintar por la humedad que chupó durante años. Es estar adentro y sacarme el buzo en invierno o prender el aire en verano. Abrir la heladera sin la esperanza de encontrar comida sino con la intensión de enterarme qué voy a comprar hoy en el almacén. Salir en remera, haga frío o calor, con suerte habrá pasado el horario de los escándalos familiares, caminar hasta la esquina y doblarla, hacer media cuadra y saludar al almacenero.
¿Cuáles son mis comidas? Me he hecho fideos, ravioles, milanesa, arroz, puré de papa y calabaza, hamburguesa de vez en cuando, es mejor al plato que en sanguche porque el pan engaña, te llena pero no comiste nada y después te agarra el hambre y no sabés qué servirte. Después la cuestión es rotar esos platos, o cruzarlos. Las salsas que vienen en sobres son muy prácticas y ayudan a dar la impresión de que varías el plato cuando lo que haces es cambiarle el sabor a las pastas de siempre. También elijo la forma de los fideos, porque tenés los que son moñitos, los que son tubitos, los que son tirabuzón. Visito a mi vieja de vez en cuando, y si había hecho puchero para agasajar a su novio, me guarda el caldo, ahí me hago una buena sopa que es un lujo.
Sí, la voy a visitar a veces a la vieja. No mucho desde que dejó al viejo porque no me gustó ni mierda eso. Yo también veía que era lo mejor, el viejo se estaba poniendo insoportable. Ahora se lo nota mejor a él también, y la verdad es que la vieja tenía su parte en el infierno que se había vuelto la casa. Se las arregló bastante bien cuando se fue de casa. Es todo mérito suyo, dejó una buena casa pero se acomodó bien. Ahora hasta está saliendo con un chabón un toque más joven que ella. Trato de visitarla cuando no está el flaco ese porque no me cabe ni un poco. Cuando está, no es tanto el chabón lo que me jode sino el comportamiento de mi vieja, la veo portarse como tendría que haberse portado con el viejo para evitar que todo se fuera a la mierda. Evidentemente lo que lo arruinó todo fue la costumbre. Es tan fuerte que la única solución es dejarlo todo y arrancar de nuevo. Y yo estoy ahí, lo sé.

Al viejo también lo voy a visitar. No les sirvió que yo me fuera de casa, que les dejara la convivencia para ellos solos. Incluso al irme me di cuenta que durante mi vida con ellos les había servido de razón para disimular. Lo noto más relajado ahora, se ve que mamá le había significado siempre una carga, una responsabilidad que en parte él mismo asumía. Me sorprende que en lo que va de separado no se haya juntado con ninguna mina. Me sorprende porque siempre fue muy mujeriego, quizás no se diera cuenta, le saliera naturalmente ser más simpático con cualquier mina que con cualquier chabón. Pero lo veo siempre solo cuando lo voy a visitar, ahora tiene toda la casa para él y sé que la aprovecha para invitar a sus amigos. Lo noto muy solo igual y, a veces, me voy de su casa, la de mi infancia, más triste de lo que llegué. Me voy con una sensación de que lo estoy cagando, de que tendría que estar ahí con él. De pibe me sentí muy falto de él, lo quise cerca y, por mucho que se sentara a mi lado, jamás sentí que hiciera el menor esfuerzo por entenderme. En el auto, el freno de mano flotaba sobre un abismo. Sentados frente a frente en una mesa, esa misma mesa se perdía en el abismo sobre el que colgaban nuestros pies.
Volver a casa es entrar por ese pasillo eterno para volver a salir para volver a cruzarlo eternamente pero esta vez con bolsas, algunos panes y fiambres si no tengo muchas ganas de comer. A veces vuelvo del laburo con ganas de que se termine el día, apagarlo con un pestañeo y levantarme para empezar de vuelta. Otras veces, termino la comida, corro los platos al otro borde de la mesa y apoyo los codos, junto las manos, sostengo así el peso de mis pensamientos. Salvo que quiera dormir, pongo música, un amplio mix de todo lo que está almacenado en mi computadora. Eventualmente elijo un disco y lo dejo correr, es en esas ocasiones en que el ocaso de mi día toma color según lo que se me diera por poner. Siempre me esperanza la música. Es una ilusión, como toda esperanza que se precie de serlo. Si pongo Jethro Tull, siento que debería estar viviendo en una granja cerca de algún río, siento que debería haber dirigido mi vida a eso y que aún estoy a tiempo. Cuando suenan los principios de Metallica o Dio, siento que el apocalipsis ya ocurrió y que soy libre de destruir o ser destruido. Es un pensamiento bastante alegre, me recuerda que el cuerpo que soy tiene un potencial que aún no he explotado. Otras veces hago sonar algo tan armonioso como Genesis o Rush, me dejo llevar por la fantasía, siento que habito un universo vasto lleno de destellos mágicos que me deparan un manantial celestial a la vuelta de una esquina, una noche estrellada por otro lado, una comunidad de criaturas maravillosas conviviendo conmigo. Algún que otro artista me muestra un mundo realista y tolerable.
Así vuelvo a casa. Mi vida es volver a casa. No vender mi atención. Mi trabajo no es mi vida, un error grave como para estancarse en él. Vuelvo a casa con esa debilidad que ya expliqué, vuelvo a casa y vuelvo a una rutina vacía. Escapé de casa, no dejé sorpresivamente a mis viejos pero sí escapé, fue un escape porque no estaba listo. No que me fuera demasiado temprano en mi vida. Me fui tarde y aún así no estaba listo. Había perdido el tiempo y de todas formas me fui. Les escapé a mis viejos, estoy seguro que no lo notaron porque pasé mucho de mi juventud con ellos. Creí que la vida de soltero me relajaría, que así tendría más tiempo para pensar con claridad en mí y lo que quiero hacer y lograr y tener y compartir. Qué, cómo y cuándo. El por qué no es una pregunta que haya que responder, solamente hay que tener en claro que el por qué de todo lo que hacemos y vivimos somos nosotros mismos, y eso yo lo tenía bien claro de mucho tiempo antes de rajarme de casa. Y me encuentro ahora volviendo a casa del mismo trabajo de hace diez años, sin oficio, volviendo para encontrar las facturas que hay que pagar, cambiando de celular cada tanto, comprando algún adorno o algún videojuego, comprando algunos libros para armarme alguna estantería.
Mis amigos nunca me llamaron, les caigo a veces y los acompaño en alguna salida. Hago eso, los acompaño. Cuando voy, los acompaño. No sé cómo explicar lo fallida que me suena esa expresión y lo precisa que es ¿Cómo que los acompaño? ¿A nadie suena errada esa expresión? Es como que no tendría que decirse así, tendría que decir “y hacemos algo” pero la realidad es que no, no “hacemos” algo. Ellos hacen, yo los acompaño. Yo voy atrás de ellos, como cola de barrilete. Voy atrás de ellos cuando voy, cuando no voy es por lo angustiante que es ser cola de barrilete. El barrilete se nutre de la fuerza del viento y es, la cola es arrastrada por el peso del barrilete. Cuando no voy, estoy eligiendo “no ser” por no saber ser otra cosa. Y ellos no lo notan. No ven eso. Me pregunto si me ven. Me ven más las minas con las que se encuentran, que cuando me les acerco me sacan cagando. Me ven con la atención que se le presta a un perro callejero que sigue al grupo pero que nadie va a llevarse a la casa. No es tan así con las minas, no debo echarme tan abajo. Cada algunos años, alguna me ha dado cabida para pasar un rato, vernos durante un mes o dos, tres si tengo la suerte de que sea tan cariñosa. Otras veces me consigo alguna compañera para pasar las semanas por internet. En la red social podés presentarte según tus intereses, no te conocen las mañas, logran interesarse y querer pasar algún rato con vos. Así algunas se acercan para garchar, otras te tienen a raya un tiempo para asegurarse de que compartas con ellas momentos espirituales, romances, y se prestan al acto para cuando están pensando en echarte flit.
No lo paso mal, se me da cada tanto. Es esto de no valer nada, de volver sobre lo hecho, volverlo a hacer. Volver a casa termina siendo la metáfora del error. En realidad no estoy seguro de ser capaz de ver cuál es exactamente el error. Lo puedo sentir, lo percibo, cada vez está más cerca, más encima de mí, pero cuando lo quiero ver, lo pierdo de vista, le pierdo el rastro. A veces me digo “rompé la rutina”, no es lo fácil que suena, siempre lo supe. No es fácil porque uno piensa en algo grandioso que sea diametralmente opuesto a las actividades diarias. Pero yo me digo “algo mínimo, algo como salir nomás a tomar un café, irte a acostar tarde por salir a tomar una birra solo a algún bar” pero no sirve. Esa propuesta tan humilde que contempla la soledad que me va a acompañar no sirve. Algo en ese pensamiento es falso, es un engaño en el que quiero caer y no puedo. Me digo de ir, me hago saber que va a ser la soledad de siempre y la verdad es que lo único que quiero es todo lo contrario. Cuando hago esa “ruptura de rutina”, caigo en el café o en el bar, hago mi pedido y me quedo mirando todo alrededor pensando para qué carajo vine. Vuelvo a casa, como cuando vuelvo del laburo, pero ahora voy derechito a la cama y me encuentro con que no dejé pasar ni veinte minutos, me encuentro con que no logré acostarme tarde por irme a tomar una birra.
Luego de fracasar terriblemente, cada vez que quiero volverlo a intentar tengo miedo de volver a sucumbir en ese foso horrendo. Capaz que no lo expliqué con claridad. Ir a un bar es sentarse y fantasear, no con la imaginación sino con la carne, fantasear que alguien se acercará a uno con sincero interés. Es presentir en el antebrazo el tacto de una mujer cariñosa que le pide a uno historias, imaginarse sosteniendo las manos de esa mujer ficticia mientras ella nos cuenta historias profundamente íntimas. Es desear con el lomo recibir golpes amistosos de un chabón muy parecido a algún amigo, que haya tenido una idea grandiosa de la que lo quiera hacer partícipe a uno, participación capaz de cambiarle la vida a uno. Y después de entregarse al miedo y no incurrir nuevamente en esa experiencia fantasmal, la sensatez me invade para demostrarme que nada de todo lo fantaseado me ha faltado jamás. La claridad ilumina el mundo en que he vivido y cómo siempre me he sentado en los márgenes para verlo pasar. Los amigos siempre han estado a punto de invitarme a participar de una idea que quizás cambie mi vida, pero el paso previo fue comentarme que irían por tal lado, que harían tal cosa. El comentario era una invitación a un evento en el cual ocurriría (si lo hacía) LA invitación en cuestión. Claro que nunca lo supe en el momento, nunca tuve la garantía de que ESE comentario ocultara ESA oportunidad o la valentía de atreverme a averiguarlo. Y las minas… tal vez las minas siempre te quieran de compañero, pero como todos nosotros, empiezan con un rodeo. No va a ocurrir que vengan a mí para que contenga sus delicadas manitos y así sin más comiencen a contarme sus más íntimas preocupaciones ni van a entrar en contacto con mi piel al primer instante. He tenido ocasiones, me han sacado cagando por no respetar ese preludio. De principio fueron distantes, les sale tan bien que uno se convence de que está atrapado en un mundo aparte. Hablaban como si el mundo fueran ellas y eso que contaban, callaban esperando un comentario empático que nunca se formaba en mi mente y terminaba diciendo “a mí también…” o “yo hago…” o “yo haría…”. Me harto a mí mismo autorreferenciándome y, si me harto a mí, hago un gigantesco esfuerzo en no imaginar lo que debe hastiarlas a ellas.
Vuelvo a casa. Siempre vuelvo a casa. Es como si saliera sabiendo que el único valor que tendrá ese acto será el de más tarde regresar. Vuelvo a casa del trabajo, vuelvo a casa de visitar a mis viejos, vuelvo a casa de acompañar a mis amigos, vuelvo a casa de haberme recordado lo que era una mina. Ahora que lo pienso, es curioso que nunca traje una mina a casa. ¡Dios! ¡Mierda! ¡Puta! Es eso. Vuelvo a casa como la tortuga se guarda en el caparazón, como los caracoles y los cangrejos se retraen en sus conchas. Me encierro en la fría seguridad de mi costumbre tan minimalista. Me engaño con la variedad de cosas que compro. Salgo a visitar gente para engañarme, hacerme creer que hago algo por mí mismo ¿Alguien dijo “cuando hayas perdido toda esperanza, serás libre”? Porque me suena a frase consagrada como tal y probablemente sea eso. La esperanza, que tiene la puta cualidad de ser lo último que se pierde, me agarra el tobillo como un grillete. Con la esperanza me convenzo de que ya va a cambiar todo, algo de lo que sé hacer producirá un cambio radical en la masa de cosas angustiosas que me pesa sobre los hombros. Y sigo buscándole el sentido a cada mínima cosa que hago, a cada mínima cosa que ocurre, algo que se corresponda con esa esperanza que no es otra cosa que pretensión. Cuando deje de ser pretencioso, cuando deje de esperar cosas de la vida, tal vez entonces tenga la libertad de generar algún cambio y aún entonces será un cambio mínimo que deberá ser continuado con otros cambios mínimos.
Vuelvo a casa del trabajo, mi casa sigue ahí. Vuelvo a casa de escaparle a mis amigos, mi casa sigue ahí. Vuelvo a casa de visitar a mis viejos, mi casa sigue ahí ¿Y si desapareciera qué? Sé que tengo miedo pero no entiendo este miedo. Es lo más improbable que no vuelva a encontrar mi casa. En este momento miro las llaves que colgué y, como dándose cuenta de mis intensiones, la fiaca me pesa. Me levanto y agarro las llaves, acto desafiante sin actitud desafiante, con indiferencia, aún no me convenzo de que lo vaya a hacer. Miro las llaves en mis manos, miro la puerta, trato de no ver o pensar otra cosa. Miro la cerradura, miro la llave, miro mi brazo llevando la llave a la cerradura girándola con la mano, trato de fingirme ajeno a todo eso. Al fin y al cabo, he sido ajeno a mí mismo toda mi vida.

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