En-sueños

El tercer cuento hecho alguna vez por mí, sin demasiadas pretenciones. (no recuerdo si nació de alguna canción)

Todas las noches, esa melena roja se apoya en la almohada y esos ojos verdes se clavan en el techo de ese pequeño y acogedor dormitorio. Todos los días, esa cara delicadamente pecosa se fija en los mismos rostros que siempre transitan los pasillos de su colegio. Recientemente, ese delicado corazón palpita con inusitada voracidad.
Recientemente un chico se unió a su clase y pasa por su lado como si ella no existiera.
Todas las noches, desde entonces, sus verdes ojos apuntan al techo pero miran una realidad lejana. Un prado, cielo celeste, pasto verde y ese niño tan simpático caminando a su lado.
La fantasía se desarrolla como ella quiere pero, a medida que el sueño la va atrapando, la fantasía va cambiando. La realidad que esos ojos cristalinos miraban a través del concreto cielo raso se torna cada vez más posible, una oscura realidad como la oscuridad que la envuelve. Sus ojos, cada vez más brillantes por el líquido que se acumula, están mirando ahora como ese muchacho, que antes sujetaba apasionadamente su mano, se va alejando.
El rostro del niño se endurece. El celeste cielo se torna anaranjado, no como el ocaso, más como el infierno. Los ojos verdes de la niña derraman agua salada mientras tratan de enfocar los ojos rojos y malignos del, antes angelical, ahora demoníaco ser.
Luego de contemplar esta escena desde su dormitorio, empieza a sentir que esa realidad la envuelve. Está adentro y la presencia de ese demonio se siente en la piel. El pasto seco, el aire enrarecido. El joven, sin hacer contacto con la niña, la daña profundamente. El joven se retira incendiando todo a su alrededor. La niña respira con mayor dificultad a cada paso que se aleja el muchacho. Ella cree que está a punto de ahogarse, sus pulmones agarrados por una morsa. Finalmente, se tumba en el camino rocoso. Siente la dureza del suelo.
Despierta, las sábanas pegadas al cuerpo. Eso parecía completamente real, fue real. Había sentido el calor que le quemaba la piel, ¿O no?
Nuevamente apoya la cabellera roja sobre la almohada, intentaría dormir.
—Mejor no pensar —pensó.

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