Volviendo siempre

Giró el cartel, cerró el negocio. La noche tardaba en llegar, el invierno daba paso a la primavera. Cruzó el local para apagar las luces y lo hizo. Volvió a cruzar el local dispuesto a bajar las persianas y, al llegar a ellas, oyó los golpes. "Ya cerramos -pensó furioso por dentro- ¿No ve el cartelito, no ve que las luces están apagadas?" Se quedó agarrado a la cadena de la persiana. Levemente se escuchó querer abrir la puerta, la puerta se mantuvo firme. Nada por un rato. Asomó a ver y nadie había ya en la puerta. Luego de esperar otro rato, finalmente bajó la persiana. Volvió a la caja y contó. Ya había hecho la cuenta pero una vez más. El valor computado coincidía con el que tenía en sus manos. Algunos centavos más en la caja que lo que indicaba el sistema pero porque la maquina era aparatosa.
La calle lo recibió ahora con una liviana oscuridad. El aire todavía condensaba neblina. La neblina difuminaba y debilitaba la iluminación de la calle. Le dolía la cara, el viento aún era frío y sus músculos seguían contraídos, nunca le fue grato trabajar para otros. Caminó. Fugaces imágenes de su hogar se formaban en su mente. Imágenes de anticipación, anhelo, acababa de salir del trabajo y ya quería estar en su casa, quería poder omitir el trámite del viaje. Las imágenes dieron lugar a nuevas imágenes, imágenes en sepia, añoranza, recuerdos de tiempos que no volverían.
Cada frente de cada casa tenía baldosas distintas. Lo que décadas atrás implicara mirar sus pies, ubicarlos, hoy era un proceso secundario en su mente. Las baldosas rectangulares eran complicadas, se pierde la sincronía pronto porque los pasos no son tan largos ni tan cortos. Algunas baldosas traían líneas que se confundían con la separación entre unas y otras, esto había aprendido a discernir. Los recuerdos se enmarcaban en esos límites. Él llegando a casa pensando que ella llegaría y la comida que le haría. Llegaría pronto y tendría todo listo. La vería llegar y le ofrecería una sonrisa y un abrazo. Para la sonrisa, esos ojos. Para el abrazo, ese cuerpo. Besaría entonces su beso.
Los recuerdos actúan como el negativo de las fotos, las sensaciones tan puras se revivían en el cuerpo con una horrible distorsión. Entre la bruma de sus emociones asomaba la conciencia y no lograba distinguir si los pensamientos estaban torturando al cuerpo o si el cuerpo estaba confundiendo a la mente. Con el máximo esfuerzo ejerció el mínimo control, alzó el brazo y el transporte se detuvo a su lado. Tomó asiento y apoyó la cabeza en el vidrio. El vidrio frío relajó la piel que hervía desde dentro. Los pensamientos se condensaron y fueron arrastrados por el torrente sanguíneo.
Las esquinas se sucedieron. El transporte paró e ingresó nuevos pasajeros. Él los veía sin fijarse en ellos. Todos eran grotescos, todos eran absurdos. Mientras su mirada divagaba sus recuerdos fluían aún sin sentido pero con mayor lentitud. Podía perdonarse y sentir cada caricia, cada mirada de ella. Entonces entró una pareja. Uno pagaba y el otro esperaba. Entraban juntos y se ubicaban de pie en ese espacio libre de asientos. No estaba lleno el transporte y había un par de asientos juntos libres. Él observaba esto y no entendía por qué no se sentaban en ese par de asientos. La noche no daba señales de traer muchos más pasajeros. Alguien se levantaba de los asientos individuales para bajar y las esquinas seguían sucediéndose y la pareja seguía de pie, parados hombro con hombro, la chica escuchando música en sus auriculares, el chico verificando algo en la pantalla de su móvil.
La esquina se acercaba. Él se levantó y tocó el timbre. La pareja seguía sin tomar asiento, seguía sin atender al otro. Bajó y caminó. Su casa lo esperaba a unas cuadras. El frío ya era oscuro. Llegó al enrejado de su casa. La llave no entraba en la cerradura, no calzaba. Era la llave indicada, lo sabía, faltaba tan poco para estar en casa y la llave no quería entrar. No servía empujar con más fuerza, se había apoyado en alguna marca, había desviado un extremo en algún momento y ahora no pasaría por mucha fuerza que hiciera. La agitaba, la giraba, la llave seguía tocando en el mismo lugar como si se hubiera pegado, magnetizado.
Apoyó la cabeza contra la reja, sus manos ya asían los barrotes impotentes, retiró la llave y volvió a colocarla, volvió a tocar en ese condenado lugar. Los nervios hicieron vibrar la mano que sujetaba el llavero. Empujó de nuevo y cayó la llave en su posición. Qué había hecho y qué no había hecho para que funcionara, deseaba comprender y era incapaz.
Atravesó el pasillo y llegó a su puerta, temió por un instante el mismo incidente previo pero era otra llave, otra cerradura, no tenía por qué ocurrir. Entró. Lo recibió la oscuridad, constante compañera, firme abrazo que acariciaba todo. Cerró la puerta en la oscuridad, siempre demoraba en encender la luz. Solamente la oscuridad le salvaba de los recuerdos sensoriales, de los olores y las texturas, los colores y las vibraciones del aire. Esa vez la oscuridad parecía esfumarse como no le había pasado antes. Sus sentidos estaban erosionándola. Podía ver los perfiles de la mesada, la heladera, la figura aovillada junto a la heladera. Estaba claro que ella no estaba ahí.

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