Ahí viene el Sol

Las perturbaciones comienzan finalmente a afectar este universo que habitamos. Los estudios acusan un repentino cambio ocurrido entre los siglos XXIII y XXIV de nuestra época. Un breve repaso de los registros (siempre, por supuesto, llevado a cabo por especialistas) demuestra los cambios de interés con que se realizaban esos estudios. El interés científico en una primera instancia era lograr una amplia comprensión de las características de nuestro espacio. Pero al obtenerse ciertos resultados francamente inesperados, todas las investigaciones se volcaron a comprender estas repentinas variaciones. Se mantuvo esta información con recelo dentro de los ámbitos académicos hasta “el estallido del 22 de mayo de 2409”, cuando la comunidad científica encontró imposible continuar ocultando los datos que para entonces habían recaudado.


Aquella fue la fecha en que pudo apreciarse un destello en el mismo Sol. Esto que nadie hubiera podido concebir ocurrió efectivamente, según dilucidaron las observaciones astronómicas, al precipitarse el planeta Mercurio en la superficie del Sol. Si bien el planeta Tierra ya había experimentado un importante aumento en la temperatura promedio de la atmósfera hace unos trescientos siglos, la “muerte” de Mercurio conllevó un incremento instantáneo. La muerte en solo un mes arrasó la mitad de la población mundial, cayendo mayormente sobre los menos pudientes que, comprensiblemente, no pudieron costearse los implantes necesarios para resistir las condiciones ambientales del planeta.


Las presentaciones científicas, transmitidas por los visores radiales, intentaron dar una explicación que aplacara el pánico que crecía en la comunidad mundial pero llegaban demasiado tarde. La desesperación más humana, sólo comparable con las referidas en registros históricos de pasados milenios, se arraigaba en todos aquellos que sufrían el ardor de las piezas metálicas en sus cuerpos que ya respondían a la radiación solar.


El tiempo apremiaba a los físicos pues, antes que sus estudios pudieran anunciarlo, ya se hacía evidente que el cierre de las órbitas del sistema solar se aceleraba. La biomecánica, más ágil, desarrolló los complementos y las actualizaciones necesarias para sobrellevar los cambios climáticos. Los cuerpos biomecánicos de siempre tuvieron que ser reemplazados por nuevas piezas que variaban en poco más que el material metálico. Aún intentando sobreponerse a los tormentos físicos que sufrían los ciudadanos, el terror de los mismos se alimentaba de la visión de aquellos cuyas conexiones fallaban por las altas temperaturas y arrastraban los pesados miembros metálicos a la vez que se les paralizaban ciertas facciones.


Sin hacerse esperar, el 15 de agosto de 2443 pudo verse en el cielo el ardor de la estrella del alba siendo engullida por nuestro astro. El espectáculo duró doce horas, dejándose ver en otras regiones del planeta. La ola de calor y radiación asoló toda la superficie del planeta. Es desde entonces que no hay rastro de lo que alguna vez se conoció como vegetación. Es desde entonces que nuestra especie es la única en pie sobre la faz de la tierra. Mares y ríos terminaban de secarse a la vez que hirvientes nieblas invadieron las costas cubriendo dos tercios de los continentes. La atmósfera viciada ya no presentó más vientos pero sí se hicieron sentir los sismos todo a lo largo de la corteza terrestre.


La gente ya no regresa a sus hogares. Sólo queda una quinta parte de lo que había sido nuestra especie hacía sólo un siglo. Absolutamente todos han de estar por estas semanas en las calles observando el cielo. Absurdamente la comunidad científica insiste con transmitir la información recolectada. Las gentes anulan las recepciones de las películas oculares y dedican sus ojos a observar el espectáculo del sol cubriendo todo el firmamento. La noche ya no existe pues la luz solar rebota dentro de la bóveda atmosférica. Ya no hay implante biomecánico que resista; lenta, trágicamente se derriten las piezas. Algunos caen sobre sus carnosas caderas, caderas cocidas, sin dejar de observar el cielo. Otros simplemente mueren. Las transmisiones informáticas suenan en los aurículos y alguno quizás atienda a esta ya inútil información.


A saber, una perforación ocurrida en algún punto, que fue imposible precisar, de nuestro universo provocó un desequilibrio en las concentraciones de energía oscura. Lo que ocurre ahora en nuestro sistema ocurre en nuestra galaxia tanto como en todas las otras. Los sistemas se comprimen, las estrellas se encuentran y explotan. Las esperanzas son nulas, pero estas palabras llegan a oídos que ya conocen su destino. Oídos atravesados por sangre hirviente, torrentes de sangre que carcomen los cuerpos por dentro y desintegran los cerebros. Todos observando al sol y haciendo una cuenta regresiva en lapsos de tiempo desconocidos para esos cerebros incapaces de calcular una simple secuencia.


Hoy estamos diciendo diez


Será la semana que venga cuando concibamos al nueve


Sentiremos los huesos pulverizarse dentro al tiempo que resuenen en las mentes el ocho


El sol llamará con sus flameantes brazos extendidos hacia nosotros a la cuenta de siete


Quizás hayan pasado meses o se cumpliera algún año cuando nuestra mente pueda enunciar al seis


Los protectores oculares que entretuvieran con su programación telerradial a tantas generaciones cederán al tronar el cinco


Ya sin poder visualizar los brazos que descienden sobre la faz de la Tierra como invasores flamígeros pasará el cuatro


Sobre bloques terrosos, despedidos por las entrañas de la tierra, saltando irán nuestros cuerpos que en la semiconciencia pronunciarán un tres


Ya no alcanzará la conciencia para recordar el inicio de la cuenta allá por el 2457 en el momento en que el dos

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