He estado buscando una solución
para mis terrores nocturnos. He visitado varios médicos, algunos doctores, pero
ninguna explicación que se les pudiera ocurrir servía de nada. Recuerdo todas y
cada una vívidamente. Hablo de mis pesadillas. Aún no entiendo qué fuerza me
ayuda a sostener esta vida, no entiendo qué extraño aspecto en mí sostiene la
esperanza de que esos terrores acabarán. Porque claramente no podría vivir si
tuviera la certeza de que mis noches serán por siempre así.
Nada detendría a mi perseguidor.
Corría yo entre gruesos troncos, mis pies sorteaban maravillosamente las raíces
monstruosas que se enredaban por encima del suelo terroso. La vista era oscura,
sin embargo yo sabía que el sol brillaba con dolorosa intensidad allá arriba.
Por esto se confundía en mí el terror de la persecución y la gratitud hacia el
frondoso techo. A mis oídos llegaba el susurrar de las hojas al suave viento.
Mi cadera se acomodaba a la situación de los troncos con grácil agilidad. Al
susurrar lo acompañaba el martilleo de mis pies. La armoniosa sonoridad era
atravesada por un ruido gutural, una respiración húmeda y pegajosa a la vez que
reseca y desgarradora. Un ruido que me envolvía y me producía la sensación de
que todo intento de escapatoria era inútil. Un perseguidor que tenía la ventaja
de no ser sabido. Intentaba yo descubrirlo con mi ingenio pero eso sólo
alimentaba el terror a medida que se multiplicaban las posibles figuras de esa
monstruosidad. El ruido era mi única pista. En la distancia el bosque parecía
acabar y se me sumaba un nuevo pánico, la extraña certeza de que el sol me
calcinaría en cuanto saliera del refugio forestal. No era la única inexplicable
certeza, descubrir al monstruo lo ahuyentaría. No tenía sentido. Pero el
sinsentido era lo único sensato. El ruido era la única pista. Había baba
seguramente, baba o mucosidad. Había una cavernosidad, debía de ser su boca del
tamaño justo para engullirme de un solo bocado. El ruido no tenía eco, el extraño
pensamiento se repetía en mi mente: era eco ¿Eco de qué? Había un carraspeo en
lo más profundo de la criatura, más allá de la caverna de su boca habría un
túnel óseo. De repente una certeza única fundía las únicas certezas que había
tenido hasta entonces. Mis pasos vacilaron, trastabillaba de tanto en tanto. No
detenía el avance pero no quería seguir. Delante mío, el resplandor del
exterior se aproximaba. Se acercaba inexorable aunque mucho intentara
convencerme de que me había detenido. Las ramas se abría hacia arriba y se
cerraban hacia abajo. Ningún paisaje había en el exterior y la criatura seguía
babeando y carraspeando en algún lugar. El bosque era mi refugio, descubrirla la
destruiría. Cuando ya parecía demasiado tarde comprendía algo imposible. A la
vez que cruzaba el último umbral de árboles entendí. No había exterior. El
interior era enceguecedor. Los troncos se retorcieron entre sí y el resplandor me
impidio incluso ver mi propio cuerpo. Temblores distorsionaron mi noción del
espacio. Sentí que caía en mi lugar, me giraba y algo me impulsaba en el
sentido en que había estado corriendo. La monstruosa voz no dejó de sonar ni un
instante. Tuve la sensación de caer hacia adelante por un estrecho. Más allá, a
lo largo de lo que yo percibía como un pasillo, una bola ardiente. Lo había
entendido todo desde un principio y mi horroroso destino me provocó gritar,
exhalar mi última libertad. Mi grito se fundió con la voz del monstruo que a la
misma vez aulló. Y mi grito fue un alarido.
Aquella vez había sido una de las
peores. Desperté gravemente alterado y muy desorientado. Encontrarme en un laboratorio
con electrodos en mis cienes no ayudaba en lo más mínimo. El doctor se me
acercó. Detrás de un amplio ventanal se veía un par de personas más sentadas
ante computadoras. El doctor intentó calmarme, más tarde me explicó que estaba
a punto de descompensarme. Al día siguiente tuvo los estudios ordenados en
gráficas y párrafos que me fueron imposible comprender. Él trató de ponérmelo
en términos sencillos pero todo lo que pude entender fue que toda mi condición
corporal se alteraba en el momento en que me dormía. Me preguntó con mucho
interés qué recordaba del sueño y le conté. Le resultó en extremo curioso ya
que, según los análisis, mi cuerpo había experimentado en el primer instante un
“pico de éxtasis”. Esa fue la expresión con que me lo dio a entender ¿Qué
quería decir eso? ¿Qué me había sentido feliz? Le pregunté si eso significaba
que había estado extremadamente bien al principio y le pregunté enseguida qué
podía ser lo que arruinaba mi bienestar. La primer respuesta anuló la segunda
pregunta: No estaba para nada bien.
El frío penetraba mi carne como
una lluvia de agujas. Me acurrucaba abrazando mis rodillas sobre la silla de la
escuela. El salón era gris tal cual lo recordaba de mi infancia. Había un
pizarrón. Las ventanas no estaban, en su lugar se abría un enorme agujero en las
paredes. En lugar de la entrada continuaba la pared. El pizarrón estaba lleno
de tiza, el verde palidecía y el sucio blanco de la tiza hacía toda la
superficie tan gris como las mismas paredes. El frío dolía más, el abrazo se
ajustaba más a mis huesudas rodillas, mis brazos y mis piernas perdían sangre.
Terribles espasmos mantenían vivas mis extremidades. De un tirón se extendieron
mis piernas, dando un golpe al suelo que reverberó en toda mi estructura osea.
Los músculos de mi rostro se retorcían en un inhumano esfuerzo por resistir la
gelidez. Mis brazos azotaron los pupitres cercanos, formaban un círculo
irregular a mi alrededor. No había aire en mi interior para gritar, tenía la
sensación de que eso me hubiera calentado. No podía arriegarme a inhalar el
aire de esa atmósfera helada. Comencé a ahogarme a la vez que mi cuerpo
desesperadamente pretendía destruír toda la realidad al no poderse destruir a
sí mismo. Mis brazos seguían arremetiendo contra todo, mis piernas se retorcían
mientras mi cuerpo se deslizaba del asiento al suelo. Sentía un líquido cálido
que descendía por mis mejillas pero no era suficiente, incluso recordaba muy
vivazmente aquello que tanto me hacía falta. La rigidez se expandió por mi
pecho, llegó a mis hombros y caderas e inició su camino por mis extremidades. Antes
del rigor, ya las había dejado de percibir. Entonces todo mi cuerpo en un
momento se quebró.
La siguiente condición, según
indicaban los estudios, que había presentado mi organismo fue la veloz
propagación de una hormona relacionada con la angustia. Se dispersaba por mis
venas como veneno e iba degradando progresivamente la estructura celular de mis
músculos. Cada uno de estos sueños me estaba matando un poco. Todo lo que había
para decirme llevaba a una única solución lógica de tal agonía, el suicidio.
Una muerte pronta antes de continuar con tanta agonía. Podía hacerlo, nada
debía impedírmelo, tenía pleno uso de mis capacidades mentales y, al parecer,
había algo más en mi mente. Sobraba algo en mi mente que estaba ahí para evitar
ese desenlace. Había algo en un rincón sosteniendo mi brazo para impedir que dé
el primer paso a cualquier intento. Era un aspecto tan eficaz que actuaba en el
momento en que surgía inconcientemente el deseo de suicidarme. Finalmente, era
imposible ¿Por qué? Médicos del cuerpo no podrían ayudarme. Sólo quedaba probar
con médicos de la mente. Psicólogos.
Risas sin motivación, risas sin
gracia, risas estridentes o vibrantes, risas suaves y risas lacerantes. Un olor
a carne quemada. El sabor metálico de la sangre. El destello rojo a mi
alrededor. Una premonición, la idea de un diván, el mal augurio de una
presencia ajena. Y yo en ningún lugar de este cuadro. Sin duda, la peor noche.
La pesadilla más simple resultó
irónicamente la peor que me tocara soñar. Era sin dudas una pesadilla por la
condición en que encontré mi cuerpo al despertar. Estaba levemente ovillado
bajo las sábanas, con la mente embotada aún en aquel sueño. Sabía que estaba
despierto pero todas las impresiones del sueño perduraron varios minutos más.
Al poder despejar las imagenes, los sonidos y, más urgente que nada, el olor recuperé
la movilidad e inicié el día en que tenía programada mi sesión con el psicólogo.
Pero ni aún luego de cepillar mis dientes se fue ese gusto asqueroso en mi boca.
Una vez ante la impresionante puerta del licenciado, algo me detuvo antes de
tocar el timbre. Miedo. Apreté el botón. Las angustiosas ansias crecían con la
espera. Un hombre de semblante amable abrió la puerta y me saludó. Me hizo
pasar y sirvió café. En ningún momento agarré la taza. De a ratos mi vista se
desviaba al diván que había detrás de mí, pues me había hecho sentar frente a
él en unas cómodas sillas. Al ver cómo se desviaban mis ojos me preguntó si
deseaba realizar la sesión en el diván y no pude responderle pero tomó mi
silencio ansioso como un sí. Con amplios gestos me indicó que me acomodara y él
se sentó detrás mío, donde no lo viera. En el preciso instante en que dirigió
la primer pregunta mi audición se desactivó.
Mi cabeza cayó de costado, abrí
la boca en mi incontenible asombro de lo que estaba presenciando. Asombrado
pues la habitación se desintegraba e intermitentemente me llegaban sonidos
distorsionados de lo que sería la voz del licenciado. Las paredes se pelaban
hechas jirones y detrás de ellas no había nada. La consistencia de las cosas no
era la que juraban ser cuando yo las conociera alguna vez. Los colores se
volvieron rebeldes y adoptaron otras formas. No entendía por qué. Cambiaba mi
cabeza de posición, la echaba hacia atrás, la inclinaba a un lado y otro. Todo acompañaba
mis ojos como si estos sostuvieran hilos y al mover la cabeza yo tirara de los
muebles. Mis ojos brotaron de sus cuencas y flotaron en la habitación. Daban
vueltas y me mostraban cada doloroso ángulo de esa construcción. Me mostraban
la escena donde el licenciado se sentaba con las piernas cruzadas pero tenía la
cara derretida, sin facciones. La parte inferior se estiraba y contraía como
masticando, masticaría sus palabras quizás. Todo el aire onduló, el hombre
ondulaba su cuerpo sin respetar su estructura osea. Mi cuerpo en el diván se
convulsionaba. Las convulsiones eran violentas por momentos, por momentos eran
suaves como caricias. Mis extremidades como tentáculos, sólo que un poquito más
rígidos. Mi cabeza se torcia hacia un lado y luego el otro, daba un rodeo y
luego giraba sobre el cuello, recordaba la bolilla de una birome. Los brazos se
extendieron hacia el lugar desde el cual observaba todo yo. Tuve la intención
de alcanzarlo, mi cuerpo, como una fuerte nostalgia. En ese momento contemplé
mi cuerpo deshacerse como toda la realidad, de a jirones algunas partes o en migajas
otras.
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