Señal al Ruido



Entonces, mientras ellos dos discutían, sin saberlo dejaron de discutir. Primero vieron el movimiento silencioso del otro y se sintieron insultados, segundo ocurrió que notaron su propio silencio y se sintieron asustados, tercero ocurrió que los oídos faltos de sensación sonora comenzaron a chillar un silbido horrendo. El grito que sus gargantas no podían proferir.
Ellos discutían a un volumen que habría atravesado la espesura de las medianeras y llegado a oídos vecinos pero estos no se hubieran percatado pues no era el cemento sino una barrera de histéricas voces y música cliché la que espesaba el aire contenido en esas casas. Fue cuando dejaron de discutir los aquellos, que estos vecinos a ambos lados de la pareja dejaron de escuchar sus programas televisivos. De golpe un simple acto de inhalación permitió con facilidad el paso de una bocanada inmensa de aire pues los pechos ya no estaban apresados por el pesado ambiente.
Mientras todas las casas albergaban sus propios estallidos diversos y caóticos, las vibraciones lograban atravesar los muros y se deslisaban por el suelo. Ya fuera, el aire nocturno bullía con la transmisión de toda la materia alrededor. Todas las criaturas callejeras dormían sueños intranquilos y los débiles huesos de las aves se sentían martillados por estas vibraciones aéreas cuando todos despertaron con una fuerte sensación de vacío que se los traga. En esos momentos ninguno de los animales ni nadie oyó la colisión de dos autos donde uno había intentado alertar llegando al cruce de calles pero el otro nunca escuchó la bocina y chocó contra la carrocería que absorbió todo el impacto y se dobló por completo sobre sí misma.
Sólo los insectos, con su percepción temporal tantísimo más extensa, sintieron sobre su exoesqueleto vibraciones extrañas justo antes del silencio absoluto.
Un grito. Proveniente de muy lejos de allí, causando el apagón sonoro culpable de todos esos casos y otros cuantos por todo el mundo donde embotellamientos completos se vieron desprovistos de medios para expresar su rabia. Nadie que careciera del oído adecuado para oír ese leve instante en que se expandió el grito por todo el mundo, entendería qué ocurría. Sólo los insectos que confundidos por ese grito cambiaron de camino.
Una persona sobre la losa del techo de su casa, ni lo suficientemente alto para estar por encima de las casas del barrio, no se vió beneficiada por la meditación a la que rogaba un poco de paz. Pero sus pensamientos no le abrirían caminos de armonía, pues no había silencio real contra la cacofonía mundial. Buscaba quietud a las turbulencias de su vida y no la encontraba en un aire viciado de smog y estridencia. Conforme se apaciguaban los elementos cercanos, se hacía más sensible a la locura lontana. Reconociéndose sin escapatoria a la histeria masiva, perdiendo noción espacial para ubicarse temporalmente en una tranquilidad efímera, casi falaz, presente que no duraría en el futuro tan carente de tranquilidad como el pasado. El cerebro era incapaz de contener tantos pensamientos tan diversos, debía expresar sus comandos en más de un código causando una confusión general en la condición del cuerpo. Éste no llegó a convulsionar pues contrarios movimientos se anularon y sólo una función corporal podía dar fuga a tanto caos.
Un grito ascendió desde su garganta. Un grito que era alarido, un chillido rugido. Comenzó tan contenido que las cuerdas vocales sobrevivieron a lo que habría sido una agresión destructiva. Las cuerdas vocales lograron acompañar esa creciente vibración y cuando los pulmones no tenían con qué manar esa vibración, toda la carne vibró. Así ese grito fue el grito que conmovió al mundo y lo hizo callar.
Y en ese momento de quietud, que detuvo algunos corazones para siempre y todos por un instante, la luz se abrió paso. La electricidad y el calor candente, la luna con las estrellas y el sol. Por un momento fue luz y todos ciegos.

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