Serena estaba la mar

La brisa acariciaba mi frente como una mano tierna. Yo estaba sentado sobre la arena vistiendo jeans bermuda, pesados pero frescos. Sobre mis rodillas, dobladas ante mí, apoyaba mis brazos dejando caer mis manos. Una lapicera movía entre los dedos de mi mano derecha y un block de notas quietito inerte en mi mano izquierda. Cerraba mis ojos para concentrarme en la caricia y aflojar la tensión de mi mente buscando qué escribir. El mar llegaba a la playa en un oleaje largo y lento. Había encontrado un lugar perfecto para ver el atardecer, el encuentro de la luna con el sol, sin el trajín de la gente que no se decide a irse o a quedarse. "Ya es tarde, ya es tarde" 
El sol se había pasado el día entero quemando como un pirómano hasta que asomó la luna entre la luz celeste del cielo. Los rayos del sol aflojaron, el señor bajó la cabeza y admitió su impertinencia. Excedía los límites, "basta" le dijo la luna como si llevara un delantal de madre y viniera a poner orden. Ya había pasado toda esa escena que me inspiraba más una pintura que algún texto; yo escribo y se me ocurren pinturas, si quisiera ser pintor se me ocurrirían narraciones o melodías. Entonces ya la luna brillaba con una blancura maravillosa y el sol se llevaba su cielo gastado. La luna traía las estrellas, las despertaba una por una y despertaba al mar también. 
Y yo sentado, abriendo de a ratitos los ojos para ver que todo siguiera en su lugar, me llevé un susto cuando en esos abrires vi las olas llegar tan cerca de mí, tan lejos de su mar. Pero entonces volvían a su sitio y yo me calmé. Pero el mar no, no se estaba calmando sino que tomaba más carrera. No me di cuenta lo mucho que se estaba hundiendo el mar. Cuando arremetió el agua de nuevo, alcanzó el lugar de mis pies. El agua formó charquitos donde había tenido mis pies enzapatillados que levanté a tiempo. Y el agua llamó a su retirada. 
Parecía que fuera a desaparecer el mar de lo tanto que se volvía hasta que dejó de retroceder y comenzó a ascender. Eso era una ola, una ola de las que no se esperan en estas costas. Allá lejos se erguía y alcanzaba la altura de mi cabeza y seguía creciendo. Más se alejaba, más altura ganaba. Ya levantar los pies no iba a servir de nada. Con las manos y las cosas que a cada una correspondía, me arrastré hacia atrás cayendo sobre ellas. Yo pensaba, porque era algo que no podía interrumpir, si alguien más estaría viendo lo que yo. Necesitaba que alguien más viera lo real que era para que me lo confirmara y de paso me diga que cuernos tengo que hacer. No podía reaccionar a lo que ocurría, estaba envuelto en una irrealidad innegable. 
La cara de mi mamá cuando me vio volver en plena noche, no sabría describirla. Evidentemente eran muchas las cosas que quería expresar ella, como si ninguna pudiera primar sobre las demás ¿Qué impresión le daba que llegara tan tarde si acaso me esperaba de regreso más temprano? ¿Era lo tarde o lo empapado que llegaba? O acaso fuera lo tarde por lo empapado. Pensaría qué hago metiéndome en el agua siendo tan tarde o tal vez le confundiría pensar que podría haberme sacado la ropa. Su cara mostraba preocupación, una preocupación que no sabía si enojarse conmigo o tenerme lástima. Tal vez también quisiera reírse. Tal vez le confundía ver mi cuadro incluyendo la cara de fastidio mudo. Chorreando agua entré y la estupefacción de mi vieja no le permitió en ese momento apuntar nada. 
El resto de mi familia guardó un desentendido silencio. Llegué a mi pieza, agarré el toallón que no esperaba usar ese día y me froté todo el cuerpo con violencia. Quería quitarme el agua de la ropa que chorreaba para no tener que nadar en sueños. Aunque me fuera a despertar con pulmonía iba a echarme así a dormir. Antes de caer en la cama, al dejar el toallón me di cuenta que todavía no había soltado la lapicera y el block de notas, ambos echados a perder. En vez del tacho de basura, los recibió el cajón de la mesita de luz. Caí en la cama y seguí de largo la caída en los sueños. Vaya uno a saber por cuántos sueños caí. 
A la mañana, moqueaba. La cabeza aplastada contra la almohada. Mis ojos de reojo lograban ver la puerta, avistaban a mi madre deteniéndose para verme y rechazar mi imagen con un movimiento de cabeza. Cuando me cansé de que hiciera eso me levanté, recordé mi propio peso y caí sentado. Parecía una lechuza dirigiendo mi vista con el movimiento completo de la cabeza. Me incliné para levantarme con un envión con la intensión de echarme un clavado a la vida diurna, cuando recordé lo último que había hecho la noche anterior. Miré la cajonera. Abrí y retiré del interior el block contraído por la humedad. Masticando la espesa saliva del sueño, me pregunté si podía ser que se secaran tan pronto las hojas. Las pasé una por una, la fibra no se había empastonado. Entonces me hice la pregunta más importante: ¿Recordaba yo haber escrito tanto en la costa, algo siquiera? No recordaba haber llenado la mitad del block.

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