Sábanas, frazadas, cubre-cama

¿Sos capaz de contar aquellos sueños? Quizás puedas pedir al tiempo erosionar los ásperos recovecos, pero conocés el riesgo de que todo vuele con el olvido.

Volvamos a ese tiempo al que nuestros átomos ya no pertenecen. Los destellos detrás de ambos párpados te figuraban varias personas, todas ajenas. Un anuncio televisivo en un lugar presuntamente familiar. A medida que te acercás, te apropias de todo y ya no es ajeno, es propio. Estás ahí con los demás y el invariable número de gente no deja otra que que seas uno de los que veías desde lejos momentos antes ¿Pero cuál? A cada instante deja de importar porque ya estás siendo otro de esos.

Comenzás a reparar en el terreno; por aquí, terroso, pastoso; por allí, lodoso, pantanoso. No hay orilla y ya es el río, el ancho río o el mar de la desembocadura argenta. Pero incoherente flota a la deriva una miniatura del Perito Moreno, frío, indiferente, nadando paciente al sur. Algunos están parados por ahí, con el agua por la cintura, entre briznas de pasto.

Se hablaba de algo, se compartían distintas ideas pero estando de acuerdo. Se comenzaron a desplazar entonces, viendo las vías pasar por un puente, hasta la ladera de una colina que tal vez fuera montaña. Teniendo un camino angosto, cercado, con alambres de púas, recorriendo el costado de la ladera; un sendero de montaña de la España del ’30 recién sacado de algún cuento bélico de Hemingway. Y te acercabas adoptando nuevamente el principio omnisciente de flotar y recorrerlo todo con un vistazo, siendo entonces y recién entonces cuando te hacés la gran pregunta. Rodeás así el camino cercado mientras los demás encuentran la forma de encaminarse por dentro de él y te das cuenta que quedaste afuera, y te agarrás del alambrado con veinte dedos, y trepás encontrándote con que no sabés cómo vas a pasar el alambre de púas que hay por encima, y te ayudan logrando que logres pasar el cercado. Y ya entonces te hacés la gran pregunta por segunda vez.

¿Todo esto no será un sueño? Para que con esta patada de la consciencia visites la vigilia chapoteando un charco febril. Después te perderás (porque así fue) en otros sueños ya más auxiliados por la vigilia donde atribuirás tus capacidades omniscientes o superpoderes que dominas con toda tu voluntadvigílica. Así visitás lugares mucho más familiares, no vagamente familiares. Así no falta coherencia a las calles del vecindario y del centro, aburridas como la vigilia misma, que son sólo intervenidas por maleantes de semblante inteligentemente malicioso (cual porteño de ley) fácilmente sorteables mediante el ejercicio de esa voluntad de poder despabilado que te remonta en vuelo por sobre tus pasos, alejándote de ellos gracias a la memoria de un cuerpo-realidad arrebujándose consentidamente en el sofocante calor febril de sábanas, frazadas y cubre-cama.

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