Esta es mi mente

He ido y vuelto. Si detengo mis vueltas, los fantasmas comenzarán a rondarme. No estoy loco, en absoluto, estoy más cuerdo que todos ustedes si hasta soy capaz de verlos. Me revuelven el estómago mientras yazgo en cama esperando dejar mi cuerpo en paz. Pero cómo dejarlo en paz con esas presencias de siempres dominándome, reduciéndome, restringiendo mi voluntad a sí misma. He de elegir si someterme a su gravedad o erigir la mía propia deambulando por los pasillos de mi casa. Contemplé la posibilidad de escapar por la fibrosidad de hojas rayadas con la magia de la delicada vertiente de sangre azul. Pero me sentí incapaz de concretar tal idea. Traté como fuera de evitar el mecanismo electrónico al cual estoy recurriendo pues es frío y enfría mi vorágine. Los espectros aún están cerca, como si me hubieran visto dejar esta habitación y esperado mi regreso con total convicción. Parecen esperar que se apaguen las luces y se recueste mi cuerpo. He sentido el contacto frío de sus ultradimensionales extremidades, como una viscosidad gaseosa. Nacen del pasado para lanzar mis pensamientos hacia futuros inexistentes. Y cual lanza mi cerebro mutilado se clava nomás en suelos fantasiosos, atraviesan compañías que nunca hubieron, presencias pendientes en la agenda cósmica de los devenires. Cierta inmaterialidad presente y la memoria de algunas materialidades se confunden, se co-funden diría yo, en ese espacio virtuoso de mi mente. Espacio que parece ubicarse dentro de mi cavidad craneana pero que sin embargo tiene la extensión del infinito y más aún. Y en ese tiempo que escapé de este habitáculo probé mi identidad en una suerte de papel. Y descubrí que soy cuatro infinitos. Y deliré que esos cuatro infinitos se corresponden con cuatro elementos fundamentales. Y a su vez estos elementos se correspondían con cuatro puntos cardinales. Y temí que yo fuera más de lo que creía. Pero el temor no duro sino hasta que levanté la mirada y contemple la solidez y sequedad de las paredes de mi hogar. Levanté mi carne con mis huesos y escenifiqué en las baldosas de mi hogar otro lugar, y en el actué un baile, interpreté una obra que honraba la magnificencia de esas malditas paredes. Me imaginé y me deseé transmitiendo ese mundo de significados a tantos otros, tantos que apreciarían tal conocimiento si tan sólo pudieran creer en su existencia. Pero sin creer no se puede ver ni lo que esté ante los ojos, bajo las narices, sobre el suelo a nuestros pies. Cómo creer lo que no sentimos en esa nebulosa sideral que es nuestra alma. La sideralidad misma que traé a mí los crueles espejismos de este tiempo recurrido, los De-Javú’s ¿Cómo pude vivir lejos de todo esto alguna vez? ¿Cómo puedo salirme de esto para vivir de nuevo? El espacio eterno y el tiempo infinito me están tragando, me degluten, y siento los potentes músculos de sus esófagos combinados comprimiéndome y empujandome a la fosa de la perdición, donde mi materialidad será digerida y mi espíritu será absorbido por el todo que me pario, por la energía absoluta a la que siempre pertenecí. A la que todos pertenecemos, donde están todos los que alguna vez fueron. Y ahí no van a importar las ideas pues habrán sólo verdades. Y no importará si alguna vez quisiste resolver diferencias con el exterminio. Pero no, no me quiero dejar tragar. Tengo que terminar esta vida, que dijeron que es un libro abierto que no he de cerrar hasta que haya terminado. Pero no es un libro, es una condenada biblioteca de libros desordenados con capítulos que se continuan en otros libros para retomar su discursión en estos libros inconclusos de leer. Ah, es todo un viaje pensar, un viaje que no aparenta retorno pero que forzosamente y contra toda prevención y voluntad nos trae de regreso cuando la carne arde de frío en ausencia de su alma. Y no parece traerme a mi habitáculo, mi espacio de habitación, sino a una sala de infinitas puertas que nunca se abriran, que están de adorno, que ni goznes tienen. Con una mesa en medio, no cuadrada ni redonda, sino un perfecto polígono con un lado encarando a cada una de esas repudiables puertas. Y mientras la luz pierde su brumosidad, o mis propios ojos logran hacer foco en torno, una música comienza a sonar con claridad, una melodía que parece caprichosa pero tierna y suave como la infancia, una melodía que deja entrever en las paredes ese infinito que se empecina en no abandonarme. Y, sobre la mesa ante mí, hay una taza. Y, aunque no me guste el té, es de peperina. Y no estoy solo.

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