Sombra del Día

Afilados colmillos chorreaban baba. Blancas garras ennegrecidas se aferraban a la mampostería. Mientras, la gente pasaba a la luz del sol que no alcanzara su reseca piel. Tejidos de pieles de tela colgando de fardos de carne veía el monstruo moverse ante sí. Hombres y mujeres, débiles, consumidos por sus propias vidas, pasaban ante la criatura.
Hombres fuertes, de forma definida, poderosos, le veían caer. Veían extremidades puntiagudas, recordaban la hoz de la parca, los colmillos de cerbero. Sentían el alma desgarrar la espalda en su afán por huir. La criatura había caído ante y sobre ellos. Luego, el sol y sus destellos los abandonaba. Más tarde ellos morían descuartizados.
Mujeres delicadas, de variadas curvas, voluptuosas, le veían caer. Reconocían su objeto sexual, vestido de traje con ojos lechosos, con marcados senos o pectorales según fuera el deseo al que respondía. Y ellas sentían el alma recorrer todo el cuerpo en su afán por percibir la seductora realidad toda. La bestia había caído ante y sobre ellas, siendo el sol que las iluminaría. Entonces ellas morían engullidas.
Tranquilamente, sin poder ser visto por ojos que no tenían interés en ver, volvía a su guarida, un rincón en cualquier fachada de cualquier poblado y cuando sea. Sólo era necesaria una sombra de día que lo cobije.



17 de noviembre de 2009

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