14 de mayo de 2019

Una promesa

Llega a la plaza y se detiene tras un árbol. Ella ya está aquí y él aprovecha un momento para observarla. Ve cómo repiquetea el suelo con los pies nerviosos. Es temprano y ambos han llegado antes de la hora acordada. Se acerca mirando alrededor de forma casual. Ella le saluda rebosante de alegría porque realmente estaba esperando encontrarle. Le rasca la nuca y él se recuesta a sus pies. El sol calienta la plaza tan agradablemente que podrían dormirse con el arrullo del sol.

8 de mayo de 2019

Zombie

La imagen de la dejadez es recurrente. La vida es una lucha por ser, por existir o por encontrar evidencia de que somos parte del mundo que nos rodea. Algunos abandonan esa lucha. Acaso encuentran lo abrumador que es el mundo. Algunos se abandonan al mundo, son arrastrados, son llevados. Los destinos son tan diversos que uno puede temerse los peores destinos para estas personas, los hay peores que la muerte. Por mucho que temamos en nuestra observación, es innegable que otros se dejan arrastrar por la corriente de eventos y encuentran buenos puertos, lugares que les contienen, amor. Acostumbramos pensar en estos términos, somos protagonistas de esta historia, actores de nuestras acciones, objeto de las acciones de los demás y de todo lo que sucede. Es raro sentirse abandonado por uno mismo. Quizás la recurrencia de palabras confunda. No hablo de lo que se diría al hablar de dejadez. Cuando uno observa a otro "dejarse", lo piensa a él dueño de esa acción, actor de su abandono. Digo que es raro abandonarse y quedarse abandonado, dejarse y quedarse dejado. Mi yo actor y dueño de sus actos no está aquí, aquí está mi yo objeto de su propio abandono. Aquí tratando de dar sentido a un mundo abundante y hermoso pero cruel y frío. El sentido nunca va a llegar. Hace tiempo se sabe que no hay un sentido propio al mundo sino que el sentido es algo que elaboramos nosotros y por él nos guiamos. Hoy ningún modelo de sentido me sirve de guía. Soy capaz de elaborarlos con hermosas florituras pero no hay un lugar en que quepa mi ser dentro de esos sentidos. Amo hasta que entiendo que no hay vínculo con el objeto de mi amor, recuerden, soy objeto yo también. Odio hasta que entiendo que no hay vínculo con el objeto de mi odio, recuerden, soy objeto yo también. Deseo un mejor mañana hasta que entiendo que yo no soy parte de ese mañana, no soy sujeto, no tengo la potestad de apropiar nada. Lloraría pero luego entiendo que no soy quien para llorar, entonces me interrumpo, atajo la lágrima y relajo la garganta. Apurar el fin de esta historia sería maravilloso pero no me pertenece.
Es que me abandoné, no estoy aquí. Una broma habla de que, llegado el apocalipsis zombie de nuestras fantasías, no estaríamos luchando por la supervivencia como fantaseamos sino que estaríamos arrastrándonos para comernos a nuestros seres queridos.
Sospecho, porque no estoy aquí presente para comprobarlo, que en algún momento me cansé de mí. Habré visto algo impropio en este ser material y he soltado esta vida. Aquí estoy ahora siendo brazos y vísceras, un embrollo de pensamientos y sentimientos caóticos. Allí en algún otro lugar estoy yo, o quien debí haber sido, allí estoy con toda mi grandeza y la maravilla hermosa del ser que debí ser. Qué bien que se haya ido, aquí seguramente se hubiera entristecido o enfurecido, todas esas cosas que casi siento yo hasta que entiendo que no soy. Lamento que ustedes se perdieran tan maravilloso ser, lo hubieran amado o lo hubieran odiado, hubieran sabido que hacer con él.

25 de abril de 2019

...

Llevo esta máscara
Un montón de palabras
El escalofrío de una caricia
Y otra vez la ratonera
Oscuro resguardo
Oscuridad confusión negación
Negación de la negación de la negación
Una espiral al fondo
Y entonces qué hacer
Ponerle una máscara
Usar un montón de palabras

6 de abril de 2019

Practico decir boludeces. El ave del paraíso.

La cima de la montaña, una aparente forma puntiaguda desde la distancia, se abre al cielo por encima de las nubes. Un vientre volcánico borbotea y una roca de forma ovalada flota en el centro del mar incandescente.
Cada un cierto tiempo, el nivel del magma se eleva y trepa por las grietas de la roca que duerme en su centro. El aire viciado hace difícil que los colores se presenten con fidelidad pero puede verse que la piedra es profundamente negra.
La masa ardiente quiebra por fin la piedra cuyas piezas solo flotan un momento antes de fundirse entre sí y revelar en su interior un cuerpo. El cuerpo se remueve y alza una cabeza redonda con una protuberancia aguda que busca el cielo.
El pico se abre y emite una única nota que atraviesa el mundo entero. Sin fluctuar esa nota, el ave extiende sus alas en toda su plenitud. Silencio. El ave se yergue sobre el mar de rocas fundidas, las alas baten el aire y la brea que las recubre se escurre revelando un hermoso plumaje de un color imposible de explicar.
La cabeza vibra casi imperceptiblemente y se desprende así de la misma brea que le tapa la vista. El cuello se extiende largo. Las finas patas ensayan un salto. Los ojos buscan en la boca del cráter volcánico, en el disco celeste. Buscan algo familiar, algo conocido. La criatura está aturdida, acalambrada, sola. Las alas baten con una desproporcionada fuerza y el ave se extrae del volcán y posa torpemente en los bordes del cráter.
Debajo de sí, solo pueden verse gordas nubes blancas que ocultan el cuerpo de la montaña. Tres plumas largas de un tono más opaco se paran en la cabeza del ave y, aún dentro del cráter, una cola más larga que el resto del cuerpo escurre el resto de la brea que la baña.
Las proporciones de su cuerpo dan la idea de que no es más que un pichón. Verla sería tan doloroso para cualquier persona como ver directo al sol aunque no es verdad que emane luz por sí misma. El ave ve al astro sin dificultad, incluso calibrando en él su vista. Las alas baten y el cuerpo se alza en el aire. Vuela con suma gracia, parece movida solo por su voluntad, el esfuerzo de sus alas es mínimo.
Es un pichón del tamaño de la boca de un volcán y aún tiene mucho para crecer. Planea recorriendo inmensas distancias, gira alrededor de la tierra por los niveles más externos de la estratósfera. Juega, juega como los peces que saltan sobre la superficie del mar, juega saliendo de la atmósfera y volviendo a sumergirse en ella. Observará por un tiempo la vida en la tierra y, si se aburre, se marchará un tiempo surcando los mares de ondas cósmicas.

6 de marzo de 2019

Extrañez

Del otro lado estás
Veo tus lágrimas
Te llamo pero son ideas mías
No escuchás
Mi voz no tiene lugar en tu mundo
No sé quién sos
Pero llorás

Yo estoy vacío
Yo estoy mal dormido
Yo estoy desfasado
Pero vos llorás

Tu cara se contrae
Será el sol dirán
Será el mal carácter
Un mal día
Seguramente un mal día
Pero la sangre
Se agolpa bajo tus ojos
Tu labio no se contrae de asco
Tu nariz no se abre de bronca

Y yo te veo
Alguien más te ve
Seguro
¿Y qué va a hacer?
¿Qué puedo hacer?
¿Una palabra? ¿Cuál palabra?
No
Ese llanto es tuyo

Pero me harían bien esas lágrimas
Para barrer el polvo de este alma
Con gusto escurriría tus ojos de penas
Así no sabiendo quién sos
Si a cambio solamente por un instante
Me mirás con esas pupilas
Me mostrás que estoy acá

Que no inventé a alguien que llora afuera
En un día radiante

4 de marzo de 2019

Bucle

Momentos vacuos
Instantes eternos
Silencio
El pasado se aleja más pronto
que los segundos que pasan
Los segundos que llegan
alejan aún más al futuro

Ahora
Un agujero negro
El útero de la Nada
La Nada que se expande
Familia y amigos son borrados de la existencia
El horizonte está cada vez más lejos
Todo es cada vez más lo mismo

No hay nada que hacer
La experiencia de la realidad se distorsiona
Quizás el mundo de los sueños sea la salida
Escapar hacia adentro
Y volver ya fuera de este torbellino
de arena movediza

Huir del apagón del cielo
Huir del silencio absoluto
donde todo es ruido

21 de enero de 2019

Fantasma

Los fantasmas -el labio se ataja contra los incisivos, las comisuras vibran-, los fantasmas son cada vez más. Son cada vez más fuertes. Me siguen, me rondan, me respiran encima. Mi cara se pone cada vez más tensa para poder mantener un semblante sociable. Me cuesta cada vez más responder a tiempo a lo que me dicen, no solamente las palabras, tardo en gesticular por esto mismo de que tenga la cara tan acalambrada -los labios se sacuden violentamente, los dientes rechinan, no escapa una lágrima-.
Necesito, necesito respirar -hondo-. Ya no sé qué fue real. De nada lo sé. No puedo ver a nadie más, siento que los traiciono con sólo devolverles la mirada. No recuerdo si alguien estuvo involucrado. Sé que no estuvieron todos involucrados, ya lo sé pero es lo que dije, no sé qué fue real. Perdí el rastro, perdí el hilo de los eventos de mi vida. No pudieron estar todos al tanto, algunos no lo estarían pero ya era yo quien no podía salirse de ese estado. Estoy seguro que en algún punto, todos escucharon algo de la historia porque si estuvieron conmigo más de dos minutos ya estaría yo delirando los reflejos de aquella tortura, los reflujos.
Agh no puedo, no puedo pensar así de algo tan hermoso. No fueron reflujos. O sí, lo fue esa emoción ponzoñosa mía ¿Cómo pude llegar a esto? Yo pensé que si lo trabajaba así podía reencausarlo, resignificarlo, salvarme. No ocurrió -el cuello latiguea-. Me perdí ya sin salvación. La distancia ¿había distancia? me mataba. Ella me miraba con su ternura tan profusa, manaba de sus ojos -la cien distiende-. Era un manantial su mirada. A cuántos miraría así ella.
Y me hablaba y sus labios eran tan dulces, su expresión toda. Cuántas veces vi mis manos en sus mejillas, mis pulgares acariciando la comisura de su boca, siguiendo la linea de su mentón y rodeando su cuello por detrás. Esa blanda carne que hay bajo las orejas, donde empieza la cabellera. Ella por esos días la usaba corta, le quedaba hermoso. Recuerdo la suavidad de su cuello ¿era suave? ¿Lo supe alguna vez? Ya no sé.
Su voz no la olvido, tan firme y medida -los ojos cerrados, las pestañas húmedas, el corazón comprimido, los labios curvados-. Hablaba eligiendo sus palabras, cada una, creo que no hacía eso entre sus amigas, hasta los artículos y los adverbios medía. En algún momento me pareció -una risa torpe, nasal, corta-, me pareció que evitaba los adverbios de modo, los que terminan en "-mente". Era algo que se le pegó de mí, hasta se le notaba que volvía sobre lo dicho porque casi usaba un adverbio de esos. O yo lo aprendí de ella -los párpados se entrecierran, la frente se frunce-. Capaz que nunca lo dijo. No, eso era algo que decía yo.
Es que me confunde, era tan parecida a mí -las narinas se abren pero el tabique se arruga, se pone blanco-. En un punto no sabía dónde terminaba yo y empezaba ella. Era tan parecida a mí. Pero nunca me vio. Sí, esa mirada suya solamente podía llegarme si me la dirigía, si me encontraba, si me buscaba y me encontraba. Yo esperaba que un día me tocara, pero sus contactos eran tan fugaces como tímidos los míos. Solamente cuando la encontraba y le saludaba con un beso, tenía yo ocasión de justificar el contacto. Posaba mi mano en su hombro, apenas traía mis dedos hacia mí solamente para sentir la resistencia de su cuerpo presente ahí, la besaba en la mejilla y trataba de estirar el tiempo con mi mente.
Extraño tantas cosas, cosas que no pasaron, cosas que no van a pasar jamás -los brazos sujetos al torso, comprimiendo el recuerdo entre las costillas-. Menos ese día. Desde entonces ya no la recuerdo. No quiero. Esa vez sentí algo caliente corriéndome por la cara y me petrifiqué. Yo no, mi expresión quiero decir, sentí la cara muy dura, me dolía de la fuerza que hacía y no me daba cuenta. Desde entonces -la risa suena entrecortada, sin aliento-, desde entonces no siento las encías. Su mirada cambió, me estaba escuchando. No recuerdo qué le decía. Tampoco quiero recordarlo -la cabeza contra el pecho-. Pero me fui, ya me fui, ya los liberé. No me voy a equivocar más.
-La expresión se relaja, perdida en el cielorraso y la espalda se apoya en el acolchado de la pared-.

>Muy bien -sonríe el doctor-. Vamos a continuar la toma de las pastillas que vienen bien, no hará falta variar en nada. Pronto continuaremos conversando, que tenga un buen día.
El interno responde afirmando insistentemente con la cabeza pero no le devuelve la mirada.
>Sigue con la misma historia -el doctor comparte su balance con el enfermero-. No da ningún detalle, no visita ningún otro momento de su vida. Cada vez es el mismo cuento con la misma pasión.
>¿Por qué insiste usted, doctor? Sabe que no podemos tenerlo más tiempo en esta habitación.
>No confío en que le haga un bien estar entre los demás internos. Yo tampoco entiendo por qué sigo intentando sacarle algo más. Cada vez que vengo es igual y mientras lo escucho, quiero que termine y largarme y darlo por hecho. Pero cuando me estoy yendo algo cambia en su mirada -el doctor se acerca a la ventanilla y lo observa-. Es como si hubiera alguien más ahí dentro.
>Por favor, doctor, empieza a sonar como él.

Más allá de la pared del desvelo

Los garabatos como llamas consumen las hojas en blanco. Las venas se ahorcan con cada frenético movimiento que persigue una idea como a fueg...