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29 de septiembre de 2013

3- por dónde andan las moscas?

- ¡¿Cómo que tenemos que volver?! -grita Sebastián incapaz de procesar lo que ese hombre de acero les comunica.
- Ocurrió algo que no era mi intención en mi última visita -explica ese hombre-. Tal vez recuerden...
- No -interrumpe Damián incrédulo-, vos no podés ser... ¡Ese monstruo debía de medir veinte metros!
- Tal vez haga falta que me acompañen -concluye.
Todos se echaron hacia atrás, Rodrigo se levantó del suelo y se tambaleo buscando alejarse. Le protestaron, todos gritando sin orden ni concierto. Se les cruzaba por la cabeza la imagen de aquella inmensa silueta atrapada por un látigo en llamas. El mismo látigo estaba ahora enrollado en una de las manos de metal pero fue la mano libre la que se alzó. El movimiento no era acompañado por su cabeza sin ojos ni cuencas, la palma pasó frente a todos ellos que seguían trastabillando buscando huirle. Los muchachos querían darse la vuelta y huir pero temían quitarle la vista de encima al hombre que hacía esos movimientos suaves y firmes con la mano. Pero no hacía falta que se movieran más, la brusca mañana se apagaba desde detrás de ellos y solo se veía el hombre de metal recortado contra el sol naranja que avanzó un paso y se reunión con ellos entre las sombras.
El paisaje de campos descompuestos iluminados por el prematuro amanecer desapareció. Ya asumían estar perdidos, convencidos de que los había tragado la nada. Todo era negro alrededor, no había una luz y, sin embargo, podían verse entre sí. Sus ropas sucias y sus facciones tenían algún brillo opaco, o de alguna forma sus ojos se encontraban con total claridad. El cuerpo plateado se acercó y habló sin separar sus dientes como hacía, solo vibrando su estructura metálica.
- Bienvenidos. Pronto su vista se acostumbrará a la penumbra. No se asusten al ver los pensamientos. Son inofensivos a su materia.
Ninguno pudo entender de qué hablaba. Y siguió hablando, diciendo que a este lugar, al cual se refería como región, le llegaban los pensamientos y deseos de todas las personas del mundo. Entonces los ojos de los muchachos se afinaron y empezaron a ver cómo se formaban en medio del ambiente unos arcos que parecían llamas. Sintieron un cosquilleo bajo la piel y notaron algo en el cuero cabelludo. Vieron en los demás cómo se les erizaban los pelos. Pero eran las voces y las imágenes que se les presentaban en la mente las cosas que más les alarmaban. Les llegaban sensaciones de angustia por encima de cualquier otra y entonces pudieron comprender lo que el hombre de metal les decía: experimentaban los pensamientos de otra gente.

Se cancela la función
lamento al que haya disfrutado la lectura
Me dispongo a dar rienda a mi mente errática,
ya no hagas caso.

22 de septiembre de 2013

2- Una Silueta que se arrastra en las Noches

...
- Ey, despertate, paparulo -dice Manuel zarandeando a Rodrigo.
- Uy boludo ¡no sabés lo que soñé! -las palabras de Rodrigo salen masticadas mientras se estira-. Soñé que me casaba con Sofía y ganaba la lotería.
- Cuánto me alegro, cuánto me alegro -responde Sebastián cruzado de brazos y dando la espalda a todos.
Por ahí cerca unas moscas se arremolinaban, habían llamado la atención de esos cuatro amigos pero poco podían hacer al respecto. Era fácil ignorar ese extraño comportamiento cuando lo más preocupante era el hambre. Llevaban semanas alejándose de la ciudad, caminando hacia el oeste. Rara vez encontraban comida y era cada vez más raro encontrarla en buen estado. Esa vez habían parado en una iglesia, Damián confiaba en la estructura edilicia del santuario y garantizaba que no podía pasarles nada. Los demás no estaban muy convencidos y dormían por turnos.
Sebastián miraba a través del hueco en que había habido hace mucho tiempo hermosas figuras de vidrios de colores. Los demás no entendían por qué se la daba de interesante mirando al exterior. En cualquier momento sería necesario emprender la marcha nuevamente y no habría otro paisaje que el deprimente exterior. Trataron de llamarlo para que fuera a comer las galletitas que habían encontrado pero no respondió. La nueva actitud de Sebastián hacía las cosas muy difíciles para los demás, que tampoco tenían muchas esperanzas de llegar a algún lugar por el camino que seguían.
Afuera, los campos se habían convertido en cuadriculas de un pasto descompuesto. Las rutas eran plateadas y el verde de los campos era nauseabundo. El agua de los ríos apestaba a óxido y la única compañía que encontraban eran los trinos de algunos pocos pájaros y las insoportables vueltas de algunos insectos. Las grandes ciudades habían quedado atrás, allá al este. No tenían muy en claro qué buscaban, qué los movía, pero tenían la sensación de que nada bueno podía salir de la desembocadura del río.
Rodrigo reparó en la extraña expresión de Manuel que no dejaba de observar el remolino que formaban las moscas y mosquitas. Mientras tanto, Damián daba vueltas junto a las paredes, dándoles golpes distraídos con la mirada perdida y una galletita en la otra mano. Manuel pidió que retomaran su andar y Damián le dijo que no, le faltaba dormir a él.
- No tenés sueño, vámonos a la mierda -le espeta Manuel.
- ¿Qué te pasa, por qué tanto apuro? -le responde Damián.
La mirada dura de Manuel reclamó la apropiada atención de Damián, después volvió a mirar los insectos y Damián entiendió así que estuviera preocupado. Se llevó la galletita a la boca y se encaminó al gigantesco umbral de entrada. Todos desfilaron, pisando las hojas del alto portón que yacían en el suelo. Sebastián se demoró viéndolos irse, echó un vistazo a los insectos y siguió los pasos de sus compañeros. No habían apuros en un mundo que se había quedado sin tiempo. Las mosquitas abrían su vuelo circular y las moscas desaparecieron en la densidad de una sombra más oscura que la noche.

18 de septiembre de 2013

1- La Respuesta a tantas Plegarias

En el bar de la esquina, se juntaron Manuel, Damián y Sebastián. Una mosca se acomodó en la lámpara que colgaba sobre sus cabezas. Se juntaron alrededor de las seis y vieron llegar a Rodrigo un rato después. La lluvia caía sobre la mugre de la puerta de vidrio. Rodrigo traía un papelito blanco entre sus dedos y lo miraba con pena. Detrás de la barra, un empleado buscaba hacer contacto visual con el recién llegado. "¡Mozo!" gritó Sebastián, pero a nadie molestó porque a esa hora eran los únicos en la esquina un lunes. Bueno, al pibe de atrás de la barra sí jodió un poco. Que le traigan un vaso más para el recién llegado.
- ¿Qué hacé', Rueda? -saluda el pibe mozo a Rodrigo, con una mano en su espalda y un beso en la mejilla.
Ninguna de las varias veces que Rodrigo abrió la boca, emitió sonido alguno.
- Mal ¿no ves que está mal? -responde Sebastián en su lugar.
El pibe mozo dejó el vaso adicional en la mesa con un golpecito seco. Al retraer la mano, de camino surtió un sopapo en la nuca a Sebastián. Manuel miraba a Sebastián recibir el golpe y la mosca que le pasó por delante de los lentes. Entre ambos hubo un intercambio de gestos que evaluaban el comportamiento de Sebastián. Damián miraba la mosca pasar y posarse en el marco de la ventana a una mesa de donde estaban. Rodrigo se sentó con pesar.
- ¿A cuál le jugaste? -pregunta Damián dirigiendo su mirada al Rueda.
Aun incapaz de hablar, hizo pasar el papelito entre los presentes. Todos se disponían a averiguar la respuesta cuando el viento sacudió con fuerza las ventanas. Primero Damián vio el 63, después Sebastián y Manuel lo vió habiéndose detenido a acomodar sus anteojos. La mosca remontó un vuelo espiralado hasta la mesa de los muchachos.
- Te dije que tenías que jugarle a la Desgracia -comenta Sebastián, ganándose ese gesto de levantar los hombros por toda respuesta.
- Si no salió la desgracia, salame -apunta Damián- ¿Y cuánto le jugaste? ¿Dos pesos?
- Para tener esa cara le habrá jugado cinco -corrige Sebastián- ¿Cuánto más le pudiste haber jugado?
Manuel levantaba los lentes con sus dedos para masajearse los ojos. Se mordía los labios a la vez que tiraba el boleto de lotería sobre la mesa. La mosca saltó del susto y volvió a posarse, ahora sobre el papel.
- Te voy a sacar la manía a cachetazos, boludo -masculla Manuel desde detrás de las manos que ahora le refriegan la cara.
- ¿Por qué? -dicen Sebastián y Damián, este último algo preocupado también toma el papelito- ¿Cuánto... ¡¿Cien pesos?!
Creyeron oír la voz de Rodrigo débilmente decir, sin sorprender a Manuel, las palabras: "Nacional y Provincia". Sebastián ya no se reía. Manuel ya no se cubría la cara, presionaba las cienes con la punta de sus dedos. La mosca estaba posada entre los pelos de Rodrigo sin que este se diera cuenta. Damián lo lamentaba por su amigo pues bien merecida tenía la cagada a pedo que se le avecinaba.

Más allá de la pared del desvelo

Los garabatos como llamas consumen las hojas en blanco. Las venas se ahorcan con cada frenético movimiento que persigue una idea como a fueg...