30 de noviembre de 2017

Andando

Mi cuerpo pesa
Algunos se dejan llevar por la corriente
van donde sople el viento
Mi cuerpo pesa

La vida es movimiento
Debo funcionar o dejo de ser
La rigidez hace difícil direccionar
La vida es movimiento

La quietud es muerte
Busco los desniveles y me inclino apenas
Lo mínimo es un gran esfuerzo pero caigo
La quietud es muerte

A mi paso están ustedes
Amigos pluma, amigos escama
Me ven llegar e imaginan la corriente
Piensan cuál de los cuatro vientos lo trajo

No, señores
La gravedad.

11 de septiembre de 2017

Graffiti

Son las tres de la mañana en la ciudad. Se oye el viento rugir en las esquinas. Un oficial taconea con una mano pronta al walkie talkie, la otra agarrada a la hombrera del chaleco. Entre las sombras, una figura se funde envuelta en abrigos del color gris dr las fachadas. La luz cálida de los faroles no le delata. Los pasos se alejan hacia el cruce de calles. Es el momento.
La figura se desliza con fluidez hacia un frente despejado. Llevaba tiempo estudiando la zona y este fragmento edilicio. El municipio había encomendado a ciertos artistas que realizaran murales para que las paredes dejaran de ser escritas. Era un método honorable pero en esos mismos trabajos se notaba el cambio de gestión. Este muro había sido desatendido y había llegado la hora.
La toalla no lograba amortiguar el batido del contenido de la lata pero al menos retrasaba lo inevitable. El oficial se plantó en la esquina, el viento interfería cualquier señal que pudiera delatarle. Comenzó. El silvido era contínuo, la pintura se esparcía maravillosamente. Su técnica era impecable. Sus brazos acompañaban los trazos, su gran altura le permitía abarcar más superficie. Se desplazaba lenta y suavemente con nervios de acero. Cuanto menos interrumpiera la proyección de pintura, menos probable era que el oficial distinguiera el sonido.
Un viento fuerte dio la vuelta en la otra esquina y le empuja fuera de su balance. Se recupera pronto con un fuerte taconeo que el mismo viento lleva hasta el final de la cuadra. Frunce su cara bajó los trapos que la aprisionan, es consciente de que acaba de delatarse. Debe acabar unos detalles solamente y resiste el impulso de salir corriendo al oír el grito sofocado por el viento del oficial ¿Por qué gritan? Se pregunta para calmar los nervios y llevar a término la tarea que solo demanda microsegundos pero que los nervios estiran y hacen parecer una eternidad. Escucha el zapateo del oficial ralentizado y contempla el último trazo uniéndose a la figura completa ahora. Siente las trompetas que celebran el éxito y con su fluidez característica se dobla hacia el oficial y se dispara en dirección contraria. El hombre corre pesadamente y alcanza a asir la capucha que se escurre entre sus dedos. Una lacia cabellera ondea al viento y el cuerpo se aleja imperturbable con una elástica velocidad.
Gana distancia en la persecución que dura un par de cuadras, las esquinas le refugian, demoran al perseguidor que llama a otros por el walkie talkie. En cada vuelta se quita uno de los abrigos que a la carrera dobla ante sí. La mochila vacía sobre su panza engulle las prendas. Ya siente sirenas y le queda una campera por sacarse. Ve un estacionamiento y se escabulle sin que el guardia le vea. Las prendas bien dobladas entran sin abultar en la mochila y se la cuelga a la espalda. Ágilmente arma un rodete con su cabellera y se acerca al guardia para pedirle si podía llamar a un taxi, la respiración acompasada no denota agitación alguna. El policía pasa desorientado, mira para todos lados y solo ve una mujer bien vestida conversando con un guardia de estacionamiento.

16 de julio de 2017

Etanol

Se apagó la estufa y aquí estoy. Frío no siento. Amortajado en el remanente de calor. No entiendo, no puedo, no quiero, no quiero porque no puedo, no puedo porque no quiero. Que sea lo que ustedes quieran. Les pertenezco. Hoy me han pegado. Hoy han visto el blanco que pongo ante ustedes. Hoy han lanzado los dardos. Hoy han acertado cada tiro y sigo circunvalando la diana.
Se apagó la estufa. No hay manera de encenderla, entiendan. No siento el frío. Mi carne es alcohol. Mi piel arde. Mis neuronas estallan y combustionan. Mis neuronas fluyen con palabras y ante ellas han esgrimido. Mis palabras he escupido y han sido repelido y en mi carne ardió la impotencia.
¿Por qué llovió hoy? ¿Por qué el paraguas permeó y mi tapado empapó? ¿Por qué me llueven vuestras palabras y no logro llegar a vosotros con una gota? Siempre creí que erais vois, soy yo y no hay nadie.

Han pervertido sobre mí mis técnicas. He sido yo ante ellos y lo han visto. Si yo he ejercido mi derecho a eludir sus controles sobre el debate y manipular los significados ¿por qué no habrían ellos de disponer su propio derecho de devolver mis divagues a la misma corriente a la que se pertienen? Tanto siento y temo que busquen contener mi viveza y mientras me creo que atacan lo vivo que soy me siento siempre tan muerto.

Vengan como han venido, vengan en malón. Vengan y atrévanse a enfrentarme con mis reglas. Atrévanse por un momento a ver lo que he vislumbrado desprovisto de herramientas, vean lo que he vislumbrado vosotros que disponeis de tantos recursos, que teneis todo el arsenal. Busco quien reciba cuanto he elaborado pues no he elaborado para trascender más que para ser. He sido y ruego que me tomen, que me lleven antes de que deje de ser. Sé, he visto y sé, que más allá de mi ser no soy. Les ruego y busco ser tenido entre vos, y ser libre para ya no ser.

15 de julio de 2017

Gotas motas moscas

Me desharé
de todo lo que siento
de todo lo que debo
de todo lo que tengo
me desharé

Me desharé
de todos los que me aman
de todos los que me odian
de todos los que me oyeron
me desharé

Me desharé
de desear
de poseer
de que me lleven
de que me traigan
de equivocarme
de tener razón

Me desharé


7 de junio de 2017

Hablo al aire

Es tu ausencia, el motor
La fantasía es mi alimento
Por tu imagen me desvelo
Te quiero soñar
Sueño que te quiero
Pierden hilo mis pensamientos
Se desmenusa mi carne en el desvelo
Rienda suelta a mis caprichos
En las horas de transición pierdo materia
Sueño con una armadura metálica
Fría insensible y firme contra tu falta
Aunque mientras faltas soy
Tal vez me mientas para verme lejos
Quizá ya no importe qué sea verdad
Y yo seré libre cuando entienda
Que no busco libertad

Hablo al aire

24 de mayo de 2017

Suicidarse en otoño

Un día lo entendí. Veía pasar los árboles junto a las vías. Era mayo y muchos ya habían soltado sus hojas, otros no las soltarían bajó ningún concepto. Ya llevaba dos días viajando, quizás recién estuvieran enterándose de mi suicidio. Siempre que pensaba en ellos miraba hacia la parte trasera del tren.
La irónica quietud del viaje estaba tornándose insoportable para entonces. Camino al baño sentí las miradas de los otros pasajeros, parecía ser que llevaba muy poco equipaje para ser uno de ellos. Llegué y cerré la puerta, seguía sintiendo sus miradas aunque nadie podía verme.
Me encontré en el espejo sobre el lavamanos, demacrado como lo había estado toda mi vida. El reflejo me mostraba las imágenes de cuánto podía ser. En mis ojos se apagaba alguna luz y toda mi flácida musculatura se derrumbaba. La sola idea me transmitió la sensación del golpe en la mejilla contra el lavamanos.
A punto de salir, habiendo solo dedicado el baño a drenar pensamientos, tiré la cadena para no generar más sospechas entre los pasajeros. De todas formas, nadie hablaba con nadie, no habría nada entre ellos. Volví a mi asiento a través de ese mar de miradas. El día seguía refulgiendo de luz por la ventana.
El paisaje se sacudía, la ventana mostraba el cielo y yo caía de espaldas contra la puerta del compartimiento. Era posible. Los árboles pasaban más abundantes a medida que el tren avanzaba implacable, sin falla que le haga saltar de los rieles, aún al menos. Podía ver las chispas entre las hojas, sentir el calor trepando por los vellos de mis muñecas y mordiendo mi pulover.
Me eché a un lado en el asiento y estaba clarísimo. El techo me pareció de lo menos interesante y cerré los ojos. La vida era eso, todos los desastres a punto de pasar a cada instante. Un meteorito aplastó la idea sobre mi cuerpo y se astillaron todos mis huesos entre el metal doblado del vagón. Recordé mi cara decrépita, no era muy distinto de un cadáver ambulante.
El tren aminoraba la marcha ahora. No había dejado una mala vida, me habían consentido y cuidado tanto. Pasé por las vidas de muchos y nunca supe irme de esas vidas, siempre que me aparté fue con el peor de los ánimos. Me apegaba mucho a todo lo que era, o más bien como yo lo pensaba que era. Demasiados lazos tan enviciados eran difíciles de cortar, hacía falta una hoja muy pesada y afilada.
En el andén que me recibió no había nadie. Bajé con mis únicas dos pertenencias, aparte de las prendas que vestía. Me quedé contemplándolo todo. Cuando el tren se marchó pude ver que sí había gente en el otro andén. Se me representaron tantas imágenes entorno a esas personas. Bajé a la calle y caminé sin rumbo primero, alejándome de la estación, observando, reconociendo el terreno. Era una especie de “empezar de nuevo”.
Me gustaba el barrio, increíblemente residencial para tener estación propia. Me detuve en un cruce de calles, todas adoquinadas. Hacia un lado el camino estaba recorrido por gruesos y frondosos arcos. Tomé por ese sendero arbolado. Recordé al señor que me había hablado de esta posibilidad imprevista. Cómo abandonar una vida llena de ataduras. Era demasiado cobarde, o tal vez no lo suficiente, para matarme. Lo vio en mis ojos y dijo haber visto algo más.
Me bañaba la sombra verde y caían, como agujas, rayitos de sol entre las hojas. Era un día hermoso para recibir el invierno. Con ese calorcito que se le filtra al aire frío llegando a mi cara, me puse el oscuro sobretodo que me diera aquel señor. Ya era más fácil llevarla apoyándome en ella, dejando que acompañara cada paso mío.

Podría decirse que mi suicidio fue en otoño, bastante adecuado. Había que cortar esos lazos tan fuertes. Me puse la capucha del sobretodo, no quería sentir las miradas de nadie más. El calorcito seguía sintiéndose grato a través de la pesada fibra. Seguí caminando disfrutando de esa hermosa tarde, todas las posibilidades eran ya mi camino.

15 de mayo de 2017

Volviendo siempre

Giró el cartel, cerró el negocio. La noche tardaba en llegar, el invierno daba paso a la primavera. Cruzó el local para apagar las luces y lo hizo. Volvió a cruzar el local dispuesto a bajar las persianas y, al llegar a ellas, oyó los golpes. "Ya cerramos -pensó furioso por dentro- ¿No ve el cartelito, no ve que las luces están apagadas?" Se quedó agarrado a la cadena de la persiana. Levemente se escuchó querer abrir la puerta, la puerta se mantuvo firme. Nada por un rato. Asomó a ver y nadie había ya en la puerta. Luego de esperar otro rato, finalmente bajó la persiana. Volvió a la caja y contó. Ya había hecho la cuenta pero una vez más. El valor computado coincidía con el que tenía en sus manos. Algunos centavos más en la caja que lo que indicaba el sistema pero porque la maquina era aparatosa.
La calle lo recibió ahora con una liviana oscuridad. El aire todavía condensaba neblina. La neblina difuminaba y debilitaba la iluminación de la calle. Le dolía la cara, el viento aún era frío y sus músculos seguían contraídos, nunca le fue grato trabajar para otros. Caminó. Fugaces imágenes de su hogar se formaban en su mente. Imágenes de anticipación, anhelo, acababa de salir del trabajo y ya quería estar en su casa, quería poder omitir el trámite del viaje. Las imágenes dieron lugar a nuevas imágenes, imágenes en sepia, añoranza, recuerdos de tiempos que no volverían.
Cada frente de cada casa tenía baldosas distintas. Lo que décadas atrás implicara mirar sus pies, ubicarlos, hoy era un proceso secundario en su mente. Las baldosas rectangulares eran complicadas, se pierde la sincronía pronto porque los pasos no son tan largos ni tan cortos. Algunas baldosas traían líneas que se confundían con la separación entre unas y otras, esto había aprendido a discernir. Los recuerdos se enmarcaban en esos límites. Él llegando a casa pensando que ella llegaría y la comida que le haría. Llegaría pronto y tendría todo listo. La vería llegar y le ofrecería una sonrisa y un abrazo. Para la sonrisa, esos ojos. Para el abrazo, ese cuerpo. Besaría entonces su beso.
Los recuerdos actúan como el negativo de las fotos, las sensaciones tan puras se revivían en el cuerpo con una horrible distorsión. Entre la bruma de sus emociones asomaba la conciencia y no lograba distinguir si los pensamientos estaban torturando al cuerpo o si el cuerpo estaba confundiendo a la mente. Con el máximo esfuerzo ejerció el mínimo control, alzó el brazo y el transporte se detuvo a su lado. Tomó asiento y apoyó la cabeza en el vidrio. El vidrio frío relajó la piel que hervía desde dentro. Los pensamientos se condensaron y fueron arrastrados por el torrente sanguíneo.
Las esquinas se sucedieron. El transporte paró e ingresó nuevos pasajeros. Él los veía sin fijarse en ellos. Todos eran grotescos, todos eran absurdos. Mientras su mirada divagaba sus recuerdos fluían aún sin sentido pero con mayor lentitud. Podía perdonarse y sentir cada caricia, cada mirada de ella. Entonces entró una pareja. Uno pagaba y el otro esperaba. Entraban juntos y se ubicaban de pie en ese espacio libre de asientos. No estaba lleno el transporte y había un par de asientos juntos libres. Él observaba esto y no entendía por qué no se sentaban en ese par de asientos. La noche no daba señales de traer muchos más pasajeros. Alguien se levantaba de los asientos individuales para bajar y las esquinas seguían sucediéndose y la pareja seguía de pie, parados hombro con hombro, la chica escuchando música en sus auriculares, el chico verificando algo en la pantalla de su móvil.
La esquina se acercaba. Él se levantó y tocó el timbre. La pareja seguía sin tomar asiento, seguía sin atender al otro. Bajó y caminó. Su casa lo esperaba a unas cuadras. El frío ya era oscuro. Llegó al enrejado de su casa. La llave no entraba en la cerradura, no calzaba. Era la llave indicada, lo sabía, faltaba tan poco para estar en casa y la llave no quería entrar. No servía empujar con más fuerza, se había apoyado en alguna marca, había desviado un extremo en algún momento y ahora no pasaría por mucha fuerza que hiciera. La agitaba, la giraba, la llave seguía tocando en el mismo lugar como si se hubiera pegado, magnetizado.
Apoyó la cabeza contra la reja, sus manos ya asían los barrotes impotentes, retiró la llave y volvió a colocarla, volvió a tocar en ese condenado lugar. Los nervios hicieron vibrar la mano que sujetaba el llavero. Empujó de nuevo y cayó la llave en su posición. Qué había hecho y qué no había hecho para que funcionara, deseaba comprender y era incapaz.
Atravesó el pasillo y llegó a su puerta, temió por un instante el mismo incidente previo pero era otra llave, otra cerradura, no tenía por qué ocurrir. Entró. Lo recibió la oscuridad, constante compañera, firme abrazo que acariciaba todo. Cerró la puerta en la oscuridad, siempre demoraba en encender la luz. Solamente la oscuridad le salvaba de los recuerdos sensoriales, de los olores y las texturas, los colores y las vibraciones del aire. Esa vez la oscuridad parecía esfumarse como no le había pasado antes. Sus sentidos estaban erosionándola. Podía ver los perfiles de la mesada, la heladera, la figura aovillada junto a la heladera. Estaba claro que ella no estaba ahí.

Más allá de la pared del desvelo

Los garabatos como llamas consumen las hojas en blanco. Las venas se ahorcan con cada frenético movimiento que persigue una idea como a fueg...