16 de julio de 2013

Cosas que te puedo decir

Hay alguien mirando por la ventana. Mira con miedo ¿Qué quiere? No tiene miedo de que lo descubra, ya sabe que lo descubrí. No es una amenaza, al menos no lo siento como una amenaza. Sé que está ahí mirando y que no hace otra cosa. Pero tengo la fuerte sensación de que espera algo. No me molestaría si estuviera esperando que pase algo, no me molestaría que esperase verme tropezar o humillarme de alguna manera. Lo que me molesta es que no parece esperar nada de eso, parece esperar que yo haga algo. Es igual a mí, innegablemente soy yo en un futuro. Y si digo que él tiene el miedo reflejado en la cara debería decir que a mí se me reflejará el miedo en la cara ¿Pero por qué? ¿Qué teme?
No es la primera noche que me mira por la ventana, por eso puedo hacer todas estas observaciones. Pero es verdad que no me asusto, esa familiaridad en sus rasgos lo hace imposible ¿Cómo puedo asustarme de mí mismo? No me asuste la primera vez y la verdad es que solamente con el paso de las noches me ha puesto cada día más nervioso esa sensación de que espera de mí que haga algo. Pero ya me acostumbro y me puedo dormir, tal vez con incomodidad, pero ya mis ojos se cierran. Sé que estás ahí, pero voy a dormir igual. No sé qué querés de mí, pero voy a dormir.

29 de junio de 2013

La Oscuridad

4 años. Una nena de cuatro años. No era más grande que una nena de cuatro años. Era muy poco respetado siendo tan grande como una nena de cuatro años. Por eso todos se sorprendieron cuando lo vieron acercarse a esa nena de cuatro años. Esa nena que estaba llorando en el medio de la oscuridad. Era terrorífica. Pero estaba llorando. Pero estaba ahí, ahí donde ninguna persona había puesto un pie jamás.
¿Cómo? ¿Por qué? Son preguntas que a ninguno de los allí presentes importó, preguntas que quizás ni flotaron cerca de sus mentes. Pero él se acercaba como podía, él se acercaba a la nena como ninguno de los otros, tan grandes y de formas tan variadas, podía. Acercándose lentamente no podía ser visto por la nena en tanta oscuridad pero era oído. La nena oía como él arrastraba su piel y, a medida que la fricción se oía con más intensidad, más fuerte lloraba ella.
En la tenue luz, que es esa que flota siempre en el aire y en la oscuridad buscan nuestros ojos, la nena comenzó a ver dibujarse la cara de él. La cara estaba en movimiento, él la acomodaba como lo que veía en la cara de la nena. Él acomodaba dos ojos nada más con una sola nariz en medio de todo. Trazaba bajo la nariz una boca alargada y la abría y la cerraba para habituarse. No podía imitar los planos y cuadrados dientes que veía en la boca contraída de miedo de la nena por lo que tendría que mantener la boca cerrada si no quería alterarla más.
Era cierto, la nena se había perdido, lo veía en su cara, lo veía en la expresión desorientada de la nena. Ella no lo miraba fijamente, le tenía miedo. Todos los allí presentes estaban igual de aterrorizados que él, pero al acercarse comprobó que ella también le temía. Había que sacarla de ahí, nadie sabía de lo que era capaz. La observó con atención, entendió que él veía más de ella que ella de él. Era lógico, él vivía en esa oscuridad y ella... bueno, ella era una persona, seguramente viviría en la luz como todas las personas.

22 de junio de 2013

Tan falso como puede ser pero puede serlo más

Llegó

Es una palabra que no se puede decir de verdad.

Es una de las formas más eficaces de mentirnos.
Llegó
es una víbora que se nos mete por el culo
tan larga como la eternidad
y está infinitamente enrollándose en nuestro interior


Llegó ese momento en que todo acabaría para mí
(mentira)
Crucé el punto de no retorno de la falacia (mentira)
Ya no me puedo mentir (mentira)
Estoy desnudo ante la verdad (¿qué?)
Soy débil (no te hacés una idea)
Soy cobarde (no sabés cuánto)

Ahora lo veo con claridad
(¡¡¡MENTIRA!!!)

26 de marzo de 2013

ESA MUJER -Rodolfo Walsh

El coronel elogia mi puntualidad:
­Es puntual como los alemanes ­dice.
O como los ingleses.
El coronel tiene apellido alemán.
Es un hombre corpulento, canoso, de cara ancha, tostada.
He leído sus cosas ­propone­. Lo felicito.
Mientras sirve dos grandes vasos de whisky, me va informando, casualmente, que tiene veinte años de servicios de informaciones, que ha estudiado filosofía y letras, que es un curioso del arte. No subraya nada, simplemente deja establecido el terreno en que podemos operar, una zona vagamente común.

16 de marzo de 2013

Lo olvidado que debía ser realizado

Back on the road es un volver a la ruta, volver al camino, a un sendero que nos reconoce y en el cual nos identificamos. Aunque también suena a volver al rodeo, a la aventura, a la carrera.

Ahí está otra vez en el espacio eterno de la ruta que antaño olvidara. Ahí está. Otra vez observando la inmensidad, tan pequeño él. Como un pibe salvaje frente a un escritorio. Como un pibe con una hoja en blanco ante él en una habitación vacía salvo por el polvo. Con la respiración trémula por los golpes de los truenos que suenan alrededor, pues no es una ruta de luz la que tiene por delante. Él está ante el mundo, ante la vida. El camino, que ya mucho pedir es que esté asfaltado, no está envuelto en día ¿Qué clase de persona puede creerse él para merecer tal regalo? No, él está ante lo imprecisable, lo indefinido, la verdad. La inmensidad está ante él y sus ojos están a merced de la inmensidad.
Tiembla su cuerpo con el frío. Frío de fricción. El viento arremolinase entorno suyo. Las nubes ve él por encima, las ve culpables de ese frío e inclina la cabeza en gratitud. El frío está en su cuerpo, si no lo quiere, debe echarlo. Mira su torso y lo encuentra envuelto en brazos, dos, los suyos. La orden de apertura es desobedecida pues fuerte es la percepción del hielo que amenaza atravesar sus pulmones. Como un bufón burlón, el frío cinético se apoya sobre su espalda doblándolo. Lo doblega. Él vuelve su mirada a las nubes, las ve moverse como llevadas por la corriente y recuerda las zambullidas en piletas frías.
Despega sus brazos del cuerpo y la rigidez busca abrigo en sus piernas. No puede permitirlo, las necesita para iniciar. Tuerce sus muñecas, dobla sus rodillas. Da sus pasos como lo haría una estatua ¿Cómo lo haría una estatua? Destruyendo su integridad. Así se quiebra la frigidez de la rodilla y muerde el hielo en su anverso. Como un suicidio se extienden los brazos a los lados. Como una ardiente amante, el frío le abraza buscando contenerlo completamente. Se sacude lentamente, progresivamente, robando a la hipotermia ambiental su energía cinética.
Todo lo recuerda desde lejos. El frío se quedó en el punto de partida allá en la distancia. Él puede ver la distancia con un simple movimiento de cuello. Puede ver cómo el hielo gaseoso marca el inicio del camino y no es consciente del trabajo motriz que realiza él mismo. Ve sus propios miembros invadiendo el asfalto por delante de él, se observa ajeno y contenido por un simple miedo. Y es que sabe él, sabe que si quisiera dominar esos movimientos inconscientes perdería el control y los movimientos. Los siente, los movimientos lo sienten a él también. Todo su cuerpo es una masa homogénea. Y el mundo pasa a su lado pero no para, el mundo no para. Árboles y bosques enteros a la vera del camino a su lado pasan. Después ya no hay árboles hasta donde llega la mirada. Después aparece un árbol y después otros tantos y nuevamente pasan a su lado bosques. Y encrucijadas que él ignora y sigue adelante con el andar veloz.
Siente el ondular de su pecho como siguiendo las curvas de las nubes grises que apagan el día y se iluminan con la luz cósmica de la noche. Siente sus pulmones turnándose al frente, impulsándole a continuar su andar vital. Siente que todo está en su respiración, en el aire que ingresa en su organismo accidentalmente. Ya la atmósfera no sopla, el mundo no gira. Él gira entorno al mundo, él es viento para la atmósfera. Si caminara río arriba, los mares se vaciarían y toda el agua volvería al cielo. Pero no camina por los ríos, sus pies son de tierra y su cabeza es volátil. Su corazón es de agua contenida por el barro de su piel. Todo el mundo abrumado se detuvo. Todo el mundo salvo las nubes. En todo momento él puede verlas, puede ver sus impasibles líneas, sus contrastes inalterables de grises. Él sabe que nada de eso puede ser así, así como sabe que no debe ser consciente del trabajo que él mismo está realizando. Las ve una vez más. Su calma aparente es la máxima desesperación por mantenerse al paso que él lleva.
Y así nadie jamás podrá apartar al pibe salvaje de la pila de hojas ennegrecidas de tinta azul que caen a sus lados frenéticamente. Tal vez cuando los músculos de la mano finalmente se sequen, tal vez con suerte la tinta de la lapicera se acabe antes. La mano firme deja atrás las mismas frases que sólo se reformulan pero no hacen más que hablar de un eterno inicio en una carrera sin meta. Y el pibe escribe con su mano suicida. El pibe escribe sin saber qué escribe porque teme que ser consciente le impida concluir la tarea que inconscientemente continúa siendo inexorable. El pibe escribe igual sin detenerse a comer, sin detenerse a releer, sin detenerse a beber, nutrido sólo por la fe. El pibe confía en que su escritura se inició por un propósito y cree fervientemente que donde hay un propósito hay una realización y piensa que no es necesario conocer ese propósito y esa realización porque son forzosos. El pibe escribe.

5 de marzo de 2013

Señal al Ruido



Entonces, mientras ellos dos discutían, sin saberlo dejaron de discutir. Primero vieron el movimiento silencioso del otro y se sintieron insultados, segundo ocurrió que notaron su propio silencio y se sintieron asustados, tercero ocurrió que los oídos faltos de sensación sonora comenzaron a chillar un silbido horrendo. El grito que sus gargantas no podían proferir.
Ellos discutían a un volumen que habría atravesado la espesura de las medianeras y llegado a oídos vecinos pero estos no se hubieran percatado pues no era el cemento sino una barrera de histéricas voces y música cliché la que espesaba el aire contenido en esas casas. Fue cuando dejaron de discutir los aquellos, que estos vecinos a ambos lados de la pareja dejaron de escuchar sus programas televisivos. De golpe un simple acto de inhalación permitió con facilidad el paso de una bocanada inmensa de aire pues los pechos ya no estaban apresados por el pesado ambiente.
Mientras todas las casas albergaban sus propios estallidos diversos y caóticos, las vibraciones lograban atravesar los muros y se deslisaban por el suelo. Ya fuera, el aire nocturno bullía con la transmisión de toda la materia alrededor. Todas las criaturas callejeras dormían sueños intranquilos y los débiles huesos de las aves se sentían martillados por estas vibraciones aéreas cuando todos despertaron con una fuerte sensación de vacío que se los traga. En esos momentos ninguno de los animales ni nadie oyó la colisión de dos autos donde uno había intentado alertar llegando al cruce de calles pero el otro nunca escuchó la bocina y chocó contra la carrocería que absorbió todo el impacto y se dobló por completo sobre sí misma.
Sólo los insectos, con su percepción temporal tantísimo más extensa, sintieron sobre su exoesqueleto vibraciones extrañas justo antes del silencio absoluto.
Un grito. Proveniente de muy lejos de allí, causando el apagón sonoro culpable de todos esos casos y otros cuantos por todo el mundo donde embotellamientos completos se vieron desprovistos de medios para expresar su rabia. Nadie que careciera del oído adecuado para oír ese leve instante en que se expandió el grito por todo el mundo, entendería qué ocurría. Sólo los insectos que confundidos por ese grito cambiaron de camino.
Una persona sobre la losa del techo de su casa, ni lo suficientemente alto para estar por encima de las casas del barrio, no se vió beneficiada por la meditación a la que rogaba un poco de paz. Pero sus pensamientos no le abrirían caminos de armonía, pues no había silencio real contra la cacofonía mundial. Buscaba quietud a las turbulencias de su vida y no la encontraba en un aire viciado de smog y estridencia. Conforme se apaciguaban los elementos cercanos, se hacía más sensible a la locura lontana. Reconociéndose sin escapatoria a la histeria masiva, perdiendo noción espacial para ubicarse temporalmente en una tranquilidad efímera, casi falaz, presente que no duraría en el futuro tan carente de tranquilidad como el pasado. El cerebro era incapaz de contener tantos pensamientos tan diversos, debía expresar sus comandos en más de un código causando una confusión general en la condición del cuerpo. Éste no llegó a convulsionar pues contrarios movimientos se anularon y sólo una función corporal podía dar fuga a tanto caos.
Un grito ascendió desde su garganta. Un grito que era alarido, un chillido rugido. Comenzó tan contenido que las cuerdas vocales sobrevivieron a lo que habría sido una agresión destructiva. Las cuerdas vocales lograron acompañar esa creciente vibración y cuando los pulmones no tenían con qué manar esa vibración, toda la carne vibró. Así ese grito fue el grito que conmovió al mundo y lo hizo callar.
Y en ese momento de quietud, que detuvo algunos corazones para siempre y todos por un instante, la luz se abrió paso. La electricidad y el calor candente, la luna con las estrellas y el sol. Por un momento fue luz y todos ciegos.

26 de febrero de 2013

Libres del Logro

(02/11/2011)

Vamos vamos vamos
Vamos a buscar la libertad en este lugar
Vamos a buscar el sustantivo ignoto
Resistamos los empujones de los ruidos
Avancemos en dirección azarosa
impedidos por las murallas
Avancemos con el cuerpo lento
atropellado por los autos

Libertad libertad libertad
Libre de los tiempos por venir
Libre de las anécdotas vergüenza
Libre de amar, libre de odiar
Miremos en derredor en busca de nuestro corazón
Demos la espalda al epicentro de nuestras vidas
Oídos sordos, ojos cerrados
La boca tragando smog


Traeme tu alma en una billetera
Tu corazón en un bolsillo
Tu cuerpo enlatado rodante
Entregate a mí
Soy el capital

Más allá de la pared del desvelo

Los garabatos como llamas consumen las hojas en blanco. Las venas se ahorcan con cada frenético movimiento que persigue una idea como a fueg...