5 de marzo de 2013

Señal al Ruido



Entonces, mientras ellos dos discutían, sin saberlo dejaron de discutir. Primero vieron el movimiento silencioso del otro y se sintieron insultados, segundo ocurrió que notaron su propio silencio y se sintieron asustados, tercero ocurrió que los oídos faltos de sensación sonora comenzaron a chillar un silbido horrendo. El grito que sus gargantas no podían proferir.
Ellos discutían a un volumen que habría atravesado la espesura de las medianeras y llegado a oídos vecinos pero estos no se hubieran percatado pues no era el cemento sino una barrera de histéricas voces y música cliché la que espesaba el aire contenido en esas casas. Fue cuando dejaron de discutir los aquellos, que estos vecinos a ambos lados de la pareja dejaron de escuchar sus programas televisivos. De golpe un simple acto de inhalación permitió con facilidad el paso de una bocanada inmensa de aire pues los pechos ya no estaban apresados por el pesado ambiente.
Mientras todas las casas albergaban sus propios estallidos diversos y caóticos, las vibraciones lograban atravesar los muros y se deslisaban por el suelo. Ya fuera, el aire nocturno bullía con la transmisión de toda la materia alrededor. Todas las criaturas callejeras dormían sueños intranquilos y los débiles huesos de las aves se sentían martillados por estas vibraciones aéreas cuando todos despertaron con una fuerte sensación de vacío que se los traga. En esos momentos ninguno de los animales ni nadie oyó la colisión de dos autos donde uno había intentado alertar llegando al cruce de calles pero el otro nunca escuchó la bocina y chocó contra la carrocería que absorbió todo el impacto y se dobló por completo sobre sí misma.
Sólo los insectos, con su percepción temporal tantísimo más extensa, sintieron sobre su exoesqueleto vibraciones extrañas justo antes del silencio absoluto.
Un grito. Proveniente de muy lejos de allí, causando el apagón sonoro culpable de todos esos casos y otros cuantos por todo el mundo donde embotellamientos completos se vieron desprovistos de medios para expresar su rabia. Nadie que careciera del oído adecuado para oír ese leve instante en que se expandió el grito por todo el mundo, entendería qué ocurría. Sólo los insectos que confundidos por ese grito cambiaron de camino.
Una persona sobre la losa del techo de su casa, ni lo suficientemente alto para estar por encima de las casas del barrio, no se vió beneficiada por la meditación a la que rogaba un poco de paz. Pero sus pensamientos no le abrirían caminos de armonía, pues no había silencio real contra la cacofonía mundial. Buscaba quietud a las turbulencias de su vida y no la encontraba en un aire viciado de smog y estridencia. Conforme se apaciguaban los elementos cercanos, se hacía más sensible a la locura lontana. Reconociéndose sin escapatoria a la histeria masiva, perdiendo noción espacial para ubicarse temporalmente en una tranquilidad efímera, casi falaz, presente que no duraría en el futuro tan carente de tranquilidad como el pasado. El cerebro era incapaz de contener tantos pensamientos tan diversos, debía expresar sus comandos en más de un código causando una confusión general en la condición del cuerpo. Éste no llegó a convulsionar pues contrarios movimientos se anularon y sólo una función corporal podía dar fuga a tanto caos.
Un grito ascendió desde su garganta. Un grito que era alarido, un chillido rugido. Comenzó tan contenido que las cuerdas vocales sobrevivieron a lo que habría sido una agresión destructiva. Las cuerdas vocales lograron acompañar esa creciente vibración y cuando los pulmones no tenían con qué manar esa vibración, toda la carne vibró. Así ese grito fue el grito que conmovió al mundo y lo hizo callar.
Y en ese momento de quietud, que detuvo algunos corazones para siempre y todos por un instante, la luz se abrió paso. La electricidad y el calor candente, la luna con las estrellas y el sol. Por un momento fue luz y todos ciegos.

26 de febrero de 2013

Libres del Logro

(02/11/2011)

Vamos vamos vamos
Vamos a buscar la libertad en este lugar
Vamos a buscar el sustantivo ignoto
Resistamos los empujones de los ruidos
Avancemos en dirección azarosa
impedidos por las murallas
Avancemos con el cuerpo lento
atropellado por los autos

Libertad libertad libertad
Libre de los tiempos por venir
Libre de las anécdotas vergüenza
Libre de amar, libre de odiar
Miremos en derredor en busca de nuestro corazón
Demos la espalda al epicentro de nuestras vidas
Oídos sordos, ojos cerrados
La boca tragando smog


Traeme tu alma en una billetera
Tu corazón en un bolsillo
Tu cuerpo enlatado rodante
Entregate a mí
Soy el capital

15 de febrero de 2013

Serena estaba la mar

La brisa acariciaba mi frente como una mano tierna. Yo estaba sentado sobre la arena vistiendo jeans bermuda, pesados pero frescos. Sobre mis rodillas, dobladas ante mí, apoyaba mis brazos dejando caer mis manos. Una lapicera movía entre los dedos de mi mano derecha y un block de notas quietito inerte en mi mano izquierda. Cerraba mis ojos para concentrarme en la caricia y aflojar la tensión de mi mente buscando qué escribir. El mar llegaba a la playa en un oleaje largo y lento. Había encontrado un lugar perfecto para ver el atardecer, el encuentro de la luna con el sol, sin el trajín de la gente que no se decide a irse o a quedarse. "Ya es tarde, ya es tarde" 
El sol se había pasado el día entero quemando como un pirómano hasta que asomó la luna entre la luz celeste del cielo. Los rayos del sol aflojaron, el señor bajó la cabeza y admitió su impertinencia. Excedía los límites, "basta" le dijo la luna como si llevara un delantal de madre y viniera a poner orden. Ya había pasado toda esa escena que me inspiraba más una pintura que algún texto; yo escribo y se me ocurren pinturas, si quisiera ser pintor se me ocurrirían narraciones o melodías. Entonces ya la luna brillaba con una blancura maravillosa y el sol se llevaba su cielo gastado. La luna traía las estrellas, las despertaba una por una y despertaba al mar también. 
Y yo sentado, abriendo de a ratitos los ojos para ver que todo siguiera en su lugar, me llevé un susto cuando en esos abrires vi las olas llegar tan cerca de mí, tan lejos de su mar. Pero entonces volvían a su sitio y yo me calmé. Pero el mar no, no se estaba calmando sino que tomaba más carrera. No me di cuenta lo mucho que se estaba hundiendo el mar. Cuando arremetió el agua de nuevo, alcanzó el lugar de mis pies. El agua formó charquitos donde había tenido mis pies enzapatillados que levanté a tiempo. Y el agua llamó a su retirada. 
Parecía que fuera a desaparecer el mar de lo tanto que se volvía hasta que dejó de retroceder y comenzó a ascender. Eso era una ola, una ola de las que no se esperan en estas costas. Allá lejos se erguía y alcanzaba la altura de mi cabeza y seguía creciendo. Más se alejaba, más altura ganaba. Ya levantar los pies no iba a servir de nada. Con las manos y las cosas que a cada una correspondía, me arrastré hacia atrás cayendo sobre ellas. Yo pensaba, porque era algo que no podía interrumpir, si alguien más estaría viendo lo que yo. Necesitaba que alguien más viera lo real que era para que me lo confirmara y de paso me diga que cuernos tengo que hacer. No podía reaccionar a lo que ocurría, estaba envuelto en una irrealidad innegable. 
La cara de mi mamá cuando me vio volver en plena noche, no sabría describirla. Evidentemente eran muchas las cosas que quería expresar ella, como si ninguna pudiera primar sobre las demás ¿Qué impresión le daba que llegara tan tarde si acaso me esperaba de regreso más temprano? ¿Era lo tarde o lo empapado que llegaba? O acaso fuera lo tarde por lo empapado. Pensaría qué hago metiéndome en el agua siendo tan tarde o tal vez le confundiría pensar que podría haberme sacado la ropa. Su cara mostraba preocupación, una preocupación que no sabía si enojarse conmigo o tenerme lástima. Tal vez también quisiera reírse. Tal vez le confundía ver mi cuadro incluyendo la cara de fastidio mudo. Chorreando agua entré y la estupefacción de mi vieja no le permitió en ese momento apuntar nada. 
El resto de mi familia guardó un desentendido silencio. Llegué a mi pieza, agarré el toallón que no esperaba usar ese día y me froté todo el cuerpo con violencia. Quería quitarme el agua de la ropa que chorreaba para no tener que nadar en sueños. Aunque me fuera a despertar con pulmonía iba a echarme así a dormir. Antes de caer en la cama, al dejar el toallón me di cuenta que todavía no había soltado la lapicera y el block de notas, ambos echados a perder. En vez del tacho de basura, los recibió el cajón de la mesita de luz. Caí en la cama y seguí de largo la caída en los sueños. Vaya uno a saber por cuántos sueños caí. 
A la mañana, moqueaba. La cabeza aplastada contra la almohada. Mis ojos de reojo lograban ver la puerta, avistaban a mi madre deteniéndose para verme y rechazar mi imagen con un movimiento de cabeza. Cuando me cansé de que hiciera eso me levanté, recordé mi propio peso y caí sentado. Parecía una lechuza dirigiendo mi vista con el movimiento completo de la cabeza. Me incliné para levantarme con un envión con la intensión de echarme un clavado a la vida diurna, cuando recordé lo último que había hecho la noche anterior. Miré la cajonera. Abrí y retiré del interior el block contraído por la humedad. Masticando la espesa saliva del sueño, me pregunté si podía ser que se secaran tan pronto las hojas. Las pasé una por una, la fibra no se había empastonado. Entonces me hice la pregunta más importante: ¿Recordaba yo haber escrito tanto en la costa, algo siquiera? No recordaba haber llenado la mitad del block.

30 de enero de 2013

Leyes naturales

Mientras haya luz, habrá vida
Mientras haya movimiento, habrán cuerpos
Mientras haya sombras, habrán alimañas

La luz atravesará los cuerpos
La vida alimentará a las alimañas

Todo movimiento tiene réplica
El mundo no se guarda sus respuestas

Lo encontré en un papel tirado por ahí en el desorden de mi pieza
Qué lindo es encontrar cosas de esta manera, creo que lo quería seguir o darle mejor forma
Lo subo así, ya lo reescribiré

17 de enero de 2013

Uno es todo y Todo es uno

El universo no gira
El universo se retuerce y late
Las galaxias giran y se amenazan
Se eluden y arremeten
Los planetas se mantienen en sus orbitas
Sus astros los tienen a raya
Los gobiernos contienen a sus pueblos
Las multinacionales alimentan al polluelo de la próxima guerra
En cada ciudad se revolucionan algunos pensamientos
En cada ciudad se estancan algunos pensamientos
A cada persona le orbitan otras cuantas
Y orbitamos a cada persona

Yo quise y quiero
Pero el tiempo pasa y me retraso como el conejo
A veces adelanto experiencias y arruino sorpresas
Me anoté a tantas aventuras y en todas partí a destiempo
Los objetos más delicados de mis deseos han sido los sujetos
Un error los puede herir y otro puede traerlos a herirme
Doy razones o las sacan de algún lado
Pero siempre quedo mal parado
Perdón por la rima pero estaba servida
Es imposible intentar morir para los que hemos intentado vivir
La vida en sí no vale nada y ninguno es su poder
Son las huellas las que cobran vida y nos llaman
Con cadenas me llaman

6 de enero de 2013

Independencia

Volver a casa del trabajo es… supongo que el viaje en colectivo, el paseo por calles memorizadas pero siempre ajenas. Yo eso lo cuento más bien como parte del trabajo. Así pues, volver del trabajo es caminar una cuadrita hasta la puerta de chapa, meter la llave que todos tienen y entrar en este pasillo gastado y caminarlo. Siempre hay algo que caminar. El bondi nunca te va a dejar en la puerta de tu casa. Bueno, “tu” casa, así encomillado si no encontraste la forma de comprarla. Quizás sea demasiado pedir a un pibe que recién empieza a trabajar que sea dueño de su hogar. Sería demasiado pedir para cualquiera que me vea, tan simplón, manteniéndome desalineado a diario, siempre la misma ropa de hace diez años, el pelo sin ningún estilo, tan formal como informal. Cualquiera al verme dirá “y qué le vas a pedir” pero si supieran mi edad, solamente los viejos decrépitos sentirían el derecho a llamarme “pibe”.
¿Importa cuál es mi trabajo? Volver a casa es abrir esa puerta de chapa, que con una patada se abolla y con otra se viene abajo, y caminar ese pasillo sin techo. Las paredes con la poca pintura que les queda sucia, con el revoque caído. Es pasar frente a tres puertas, porque yo alquile al fondo, lejos del barullo de la calle. A parte de la mía, hay una sola puerta tal y como lo fue cuando levantaron estas paredes, ambas de una madera delgada y gastada, hinchada por la humedad. Las otras dos las cambiaron por puertas a elección de los inquilinos, habrán querido darle un toque personal, lo único que lograron fue que desentonaran del resto de la mugre del pasillo. Oí que el propietario se guarda las puertas para volver a ponerlas cuando se vayan estos inquilinos.
Volver a casa es abrir la puerta de chapa, cruzar el pasillo y oír el griterío de las familias. Creo que dos son matrimonios y otra son unos novios, llegaron hace poco una mañana, yo estaba en el laburo. Es cruzar ese barullo con el que yo no contaba al elegir la casa del fondo y abrir esa puerta que no se deja pintar por la humedad que chupó durante años. Es estar adentro y sacarme el buzo en invierno o prender el aire en verano. Abrir la heladera sin la esperanza de encontrar comida sino con la intensión de enterarme qué voy a comprar hoy en el almacén. Salir en remera, haga frío o calor, con suerte habrá pasado el horario de los escándalos familiares, caminar hasta la esquina y doblarla, hacer media cuadra y saludar al almacenero.
¿Cuáles son mis comidas? Me he hecho fideos, ravioles, milanesa, arroz, puré de papa y calabaza, hamburguesa de vez en cuando, es mejor al plato que en sanguche porque el pan engaña, te llena pero no comiste nada y después te agarra el hambre y no sabés qué servirte. Después la cuestión es rotar esos platos, o cruzarlos. Las salsas que vienen en sobres son muy prácticas y ayudan a dar la impresión de que varías el plato cuando lo que haces es cambiarle el sabor a las pastas de siempre. También elijo la forma de los fideos, porque tenés los que son moñitos, los que son tubitos, los que son tirabuzón. Visito a mi vieja de vez en cuando, y si había hecho puchero para agasajar a su novio, me guarda el caldo, ahí me hago una buena sopa que es un lujo.
Sí, la voy a visitar a veces a la vieja. No mucho desde que dejó al viejo porque no me gustó ni mierda eso. Yo también veía que era lo mejor, el viejo se estaba poniendo insoportable. Ahora se lo nota mejor a él también, y la verdad es que la vieja tenía su parte en el infierno que se había vuelto la casa. Se las arregló bastante bien cuando se fue de casa. Es todo mérito suyo, dejó una buena casa pero se acomodó bien. Ahora hasta está saliendo con un chabón un toque más joven que ella. Trato de visitarla cuando no está el flaco ese porque no me cabe ni un poco. Cuando está, no es tanto el chabón lo que me jode sino el comportamiento de mi vieja, la veo portarse como tendría que haberse portado con el viejo para evitar que todo se fuera a la mierda. Evidentemente lo que lo arruinó todo fue la costumbre. Es tan fuerte que la única solución es dejarlo todo y arrancar de nuevo. Y yo estoy ahí, lo sé.

25 de diciembre de 2012

Intruso de Diciembre ('08)

Una oscura puerta de roble es abierta por una enguantada mano blanca. La mano desaparece y asoma, a mitad de la altura del marco de la puerta, un enorme bulto rojo. Al entrar se puede apreciar esa figura redonda contorneada de blanco. Un manto de espeso blanco descansa sobre su prominente pecho. Grandes botas negras silencian la crujiente madera del suelo.
En el silencio de la noche nada se oye excepto una respiración forzada. Una enorme bolsa cuelga sobre su espalda, cerrada con una cuerda gruesa de oro. El hombre, de pálida cara oculta tras una mata de blanco pelo, descuelga la bolsa y toma un papel enrollado que se encuentra atado a la cuerda de oro.
Se pone unos pequeños lentes que lleva colgados en su traje y desenrolla el papel. Confirma que el dueño de la casa paga la cuota anual y abre la bolsa, del mismo material de su abrigo. Saca de la bolsa paquetes y bolsas, algunas simulando pertenecer a empresas muy importantes. Deja todo bajo un árbol bellamente adornado y se dispone a ir. 
Pero ésta es la última casa de su recorrido y, como muchos años ocurre, ésta se encuentra en una zona calurosa del planeta. Como todos los años, él se sofoca en medio del pesado aire. Su discreción se ve arruinada por su difícil respiración. Un nene se levanta de la cama y el sonido hace cosquillas en sus oídos. Va a la sala de donde proviene el sonido y descubre al intruso. 
Vencido, el intruso muere. Mientras el brillo en los ojos del niño se apaga. La mayor de las mugres corroe al más puro corazón. Con la caída de un símbolo, la desesperanza nace y será deber del niño luchar contra ella. El año que viene, cerca de estas festividades, resurgirá, en el extremo ensombrecido del eje terrestre, este simpático ser con su eterna labor de repartir alegría. Este año, un niño empieza a ver el mundo con ojos opacos. Este año, este nene dejó de creer en Papá Noel.

Más allá de la pared del desvelo

Los garabatos como llamas consumen las hojas en blanco. Las venas se ahorcan con cada frenético movimiento que persigue una idea como a fueg...